
Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez
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La primera referencia que tuve de él, créase o no, fue negativa. En 1982 Borges estaba vivo y no se ganó el premio Nóbel. Se lo arrebató un colombiano, según me reseñaron años después, cuando tuve uso de razón.
Aquello parecía una afrenta personal. Yo no sabía quién era uno ni otro pero mi informante argentino lo tenía bien claro.
En cuanto pude leí, por supuesto, a Jorge Luis Borges. Leí al colombiano hasta que fue impostergable.
Relato de un náufrago (y un largo etcétera que lucía de lo más pedante) fue el primer texto que le conocí. Aquella historia se me figuró simple y fluyó rápido, acorde con su simplicidad. Pero el examen de literatura del boom latinoamericano era en dos días, y como recién entraba la noche calculé que aún podía enfrentar otro texto, si era tan sencillo como el primero.
Fue a eso de las once que terminé El coronel no tiene quien le escriba. Caramba, no tengo sueño. Está bien, voy con otro, sirve que avanzo.
Yo no lo sé de cierto, pero supongo que como a las cuatro cerré La Hojarasca. Y ya había luz cuando Santiago Nasar descansaba, vuelto un guiñapo rojo, en la cocina de su casa, sin haberse enterado de lo que todo el mundo sabía.

Fervor de Buenos Aires, Jorge Luis Borges, primera edición
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Recuerdo que cerré el libro con un suspiro. Y ahí me di cuenta qué era lo que estaba sintiendo desde media noche. Ahí estaba de nuevo ese cachito de sonrisa que me papaloteaba en la panza cuando leía los cuentos de mi autor predilecto. Era la misma sensación de cuando terminé de leer Fervor de Buenos Aires.
Me vino a la mente un verso para definir lo que me ocurría: Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé.
César Vallejo era otro de los que hacía despertar esa llamita ante la belleza.
Yo, detractor de mí mismo, me pregunté qué había en común entre estos tres hombres y yo, que algo tan profundo compartíamos. El idioma, sí, pero más allá del código que nos permitía hablar de la misma vida, estaba la condición humana.
Tal vez ahí resida la genialidad del escritor. En encontrar lo común a la diversidad humana usando una sola partitura, la de su idioma. En liberar arcoiris que perderá de vista, si todo sale bien, desde su experiencia restringida.
Y es que ser humano, ser sólo humano, es el reto al que nos enfrenta la conciencia del lenguaje. No hay pensamiento sin palabras y las palabras siempre pertenecen a una lengua, creadora de historias que inicien en un lugar inventado. Que duren muchos años. Y que las soledades puedan ser acompañadas por multitudes.
*Juan Carlos Ortega Prado es coeditor Nacional de Excélsior |