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Y mientras más grande la apuesta ha sido
fue mayor el gusto de haber vencido
Hoy me despertó mi papá: ¡Feliz cumpleaños, campeón!, y entre el sueño que volaba y el corazón que daba brinquitos me sentí niño de nuevo, semilla y promesa, chinampina, cascarita y soldaditos —gritos—, fútbol, desfile y vocerío.
Y me acordaba. ¿El desfile se hace para mí, verdad, ma?, Y, claro, hoy no hay escuela porque cumplo año, Hoy puedo dormir hasta tarde.
Después crecí (crecer es una costumbre que suele tener la gente, suponía yo) y me enteré que la ciudad no se paralizaba por mí y, es más, que yo también debía marchar si las circunstancias lo exigían; que sólo por los héroes se suspendía el mundo.
El tiempo pasaba. Y entonces, un día tomé, yo, la decisión de crecer (sí, me di cuenta que era una decisión). Supe que ya no quería que la ciudad y que nada ni nadie se paralizara por mí, que ahora también extrañaba recorrer la avenida Madero de Morelia, gallardo, altivo desde la inmensidad de mis diez años —ya no había circunstancias que lo exigieran—, y que los héroes nunca han suspendido al mundo; que lo revolucionan.
¡Feliz cumpleaños, campeón!, y yo sentía que me despertaban para darme mi regalo y que todos estaban al lado de mi cama y yo me podía hacer el dormido un poquito más para que terminaran Las Mañanitas. Vari, mi hermana, en pijama. La veo, y las sonrisas de mis tres colosos.
(Se puede ver por teléfono. Yo apenas respondía para seguirme acordando.)
¡Y ya 24, cómo no! Justo completo mi primer tercio de vida, según la expectativa actual para un mexicano. Ese primer tercio, según Vasco de Quiroga, es el de la preparación, la educación moral. Y me veo y estoy contento; he empezado bien.
Dado el caso ya no podría clamar (vive dios) ¡Moriré sin haber amado. He visto buitres y águilas, quijotes y medusas, y he sabido defender mi sonrisa.
Vamos, a la fecha puedo contradecir esos terribles y magníficos versos de Borges:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad (…)
Y en cambio puedo afiliarme a Nicolás Guillén:
Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.
(…)
Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.
(…)
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.
He buscado la poesía y la he visto; la verdad, y en los ojos de esa mujer estaba; la justicia, y mis manos son fuertes y sigo indómito; la alegría, la humildad —entendida como la conciencia de saberse tan esplendente como las piedras y el sol, los árboles y el deseo; que se revuelve ante lo indigno y la humillación—, la valentía, la lucha.
Vida, nada me debes, vida, estamos en paz, dijo Amado Nervo, el nayarita; y qué difícil no deberle nada a la existencia; qué difícil estar a la altura de nuestra conciencia.
Mi padre hablaba y yo —me gusta recordar— pensé en un mensaje de mi mamá. Me decía que fui concebido en Año Nuevo, que nací el Día de la Independencia y que caminé, por primera vez, el Día de la Revolución. Los astros no mienten: mi hijo es la conjunción de lo nuevo, del ser él, independiente y revolucionario!! Acepto el reto, ma.
Arriba, mientras tanto, pasaban los aviones del Ejército y yo los escuchaba. Abajo, en la calle 5 de febrero, marcaban el paso los cadetes del Colegio Militar. Padre mío, te quiero mucho pero deseo ir a ver el desfile. La vida me espera; está allá afuera.
* El autor es coeditor nacional del EXCÉLSIOR. |