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Comienzo con una obviedad: hay mucha mierda en el mundo. Está Bush y sus matanzas, la normalización del deshonor, el sinsentido del hambre, la mezquindad de los explotadores, la devaluación de la risa y la indiferencia hacia la valentía, por citar algunas simas a las que los bípedos implumes nos hemos permitido descender.
Pero sobre esa acritud se yergue el Ser Humano. El de carne y hueso, el hermano, el verdadero hermano, que definía Miguel de Unamuno.
Bertrand Rosenthal, director de la agencia informativa AFP en Latinoamérica y corresponsal de guerra por lustros, asegura que pese a haber visto tanta muerte e infamia, una única certeza le quedaba: La vida siempre termina ganando. Siempre.
Y en el caso del homo sapiens (o ludens, ridens, o economicus o como se desee) el impulso de ser, de perseverar en ser —para decirlo con Spinoza— no es sólo instinto biológico de supervivencia, también es instinto cultural: que persevere la existencia y la dignidad de la existencia; es decir, las realizaciones que nos hacen puramente humanos: el sentido del humor, la inteligencia industriosa, la abstracción filosófica, el arte.
Justamente la semana pasada tuvimos dos fiestas que celebraban el aspecto más luminoso de nuestra especie, el asentimiento definitivo a nuestra esencia complejísima: la primera fue el Día Mundial del Libro (23 de abril); la segunda, el Día Internacional de la Danza (seis días después).
En este planeta pragmático, que nos insinúa el doble engaño de creer que la cultura humanista es o un lujo postergable o un ideal ya debidamente acotado, la elegante fuerza del intelecto y de la creatividad responde mostrando el inextinguible abanico de las potencias humanas y la irrenunciable rebeldía ante el conformismo de nuestra especie.
Al discurso dominante, que nos miente ofertándonos las delicias del impulso gregario, el libro y el baile (metáforas de la razón y el arte) contraponen el valor de la originalidad y la audacia, que no son otra cosa que el recordatorio de que hemos optado (y estamos obligados) a la búsqueda incesante de más mundo y verdad, a la aventura, con todos los peligros que conlleva. Tiempo ha comimos la manzana del conocimiento, y felizmente estamos condenados a la exploración y el placer.
No huelga recordarlo aquí: la exploración y el placer están vedados a los dioses. Ellos ya lo saben todo. Y perduran en el absoluto, ajenos a la necesidad de sentir. También por eso festejo estos días: me muestran que el humano es algo más que divino: puede gozar y dolerse —conflictuarse—; e, incluso, puede renunciar a los dogmas. Aleluya. Los salvadores lo tienen todo dado, los pobres.
Que Brahma dance en su séptimo cielo con sus cuatro brazos, yo me quedo con el dulce talle tibio de la bailarina. Que los acomodaticios escuchen la convocatoria a la castración intelectual, la especie no lo hará (ni tú ni yo, ni el ethos del ser humano).
¿Cómo descreer de la humanidad, cuando la belleza evanescente de los muslos de la que danza —concreción fugaz de nuestro milenario acecho de la armonía— re-crea el universo? ¿Cómo desconfiar de lo que podemos llegar a ser, si cada 23 de abril miles de personas se siguen reuniendo a regalarse un libro y una rosa y a abrazarse y a reír?
Cómo concluir este texto, que no sea afiliándome a una verdad ganada a fuego y sudor: La vida siempre gana. Siempre.
* El autor es coeditor nacional del EXCÉLSIOR. |