Los mangos de Caín
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En la casa habanera de Abelardo Estorino, en lugar privilegiado, puede el invitado apreciar de inmediato la obra Ella Él, una de las muchas de Raúl Martínez que la enriquecen, y como no, la estremecen además. El artista ha plasmado su Adán y Eva, sin hoja de parra y en vez de la manzana de la discordia, sostienen una fruta tropical, un mamey.
Tal vez, puede ser, seguramente, son algunas de las entradas posibles a la idea de que dicha obra haya motivado al dramaturgo Estorino a reinventar la historia, a desmontar un mito.
De lo más inmediatamente visible en la obra, escrita en 1965, está el título, Los mangos de Caín, calificada una y otra vez de verdadera joya de la dramaturgia de Estorino y del teatro cubano del Siglo XX, por su fino juego humorístico en torno al mito bíblico,
Luego el espectador se enfrenta en esta pequeña pieza a una revisitación del pecado original, del fruto prohibido (ya está dicho, ahora un mango) y especialmente de Caín y Abel, tan diferentes en la obra de la puesta en escena bíblica. Estorino metaforiza los antecedentes de por qué Abel fue asesinado por su hermano.
No sería la primea vez que Estorino escribiera acerca de las contradicciones entre dos hermanos. Primero lo hizo en La Casa Vieja.
En reciente entrevista, el dramaturgo precisaba que La Casa Vieja tiene una estructura convencional y él empezaba a conocer otro tipo de teatro, por lo que le interesaba tratar ese mismo conflicto de una manera diferente.
Se remitió entonces al mito de Adán, Eva y sus hijos. Para Estorino, Caín representa a quien quiere encontrar algo más allá de lo que nos rodea, en tanto que Abel es un hipócrita, dice sí todo el tiempo, porque lo que desea es hacerse dueño del Paraíso. Cuando Caín lo descubre, no tiene más remedio que eliminarlo. Hay un trasfondo religioso, pero mi intención fue más social que religiosa.
Los mangos de Caín, controvertida en su momento, ha sido una pieza muy montada, no sólo en Cuba, sino en el extranjero, seguramente porque es un tema universal, imperecedero, tratado con maestría, atemporal, y con el humor que caracteriza a Estorino.
En la Isla, por ejemplo, lo han llevado a escena la Compañía Hubert de Blanck (María Elena Soteras); Calibán Teatro de Santiago de Cuba (por Norah Hamze); El Retablo, de Cienfuegos (Panait Díaz); la Compañía Rita Montaner (Tony Díaz), y más recientemente por el grupo Orilé (Mario Morales).
La pieza aún atrapa a los espectadores, al mantener su vigor, su contemporaneidad, y, seguramente, por la ironía con que el maestro, Premio Nacional de Literatura y de Teatro, deconstruye otros mitos, la institución de la familia y la moral preestablecida.
No puede dejar de estar la serpiente, la sabiduría y la búsqueda del conocimiento, pero a su lado, el dramaturgo opone un diccionario, teóricamente fuente de información, pero representando una formación libresca, erudita y de hecho incompleta, no investigativa.
Abelardo Estorino, este indispensable dramaturgo, hace pensar, y desde el goce estético. Recordemos entonces algunas de sus obras, ya clásicas dentro de la escena cubana: Las penas saben nadar; El baile; Vagos rumores; Parece blanca; Morir del Cuento; La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés; Ni un si ni un no y El robo de cochino.
Con Los mangos de Caín, Abelardo Estorino entrega una pequeña obra maestra, llena de un humor cáustico. Una obra en un acto, brillante y breve.
Foto http://www.cniae.cult.cu
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