Foto: Salvador Corratgé, de la serie persiguiendo el cuadrado |
Con la exhibición de Espacios Abstractos la galería La Acacia, privilegiada por su cercanía al Gran Teatro de La Habana y el otrora Capitolio Nacional, en la capital cubana; actualizó el interés por la abstracción en la Isla, con una larga lista de pioneros y seguidores.
El número de los expuestos se revela cual metáfora de la impronta que entregaran Los Once en la década de 1950. No es casual entonces que inicie la exposición con uno de sus integrantes: Antonio Vidal (Premio Nacional de las Artes Plásticas en 1999); y Salvador Corratgé, que participara del posterior grupo de los Diez Pintores Concretos, a finales de aquel decenio.
Luego, en la muestra encontraremos las posteriores realizaciones con que se identifica a Carlos Trillo, tenido como el más representativo creador matérico del país; así como las poéticas de Rigoberto Mena, Ernesto Villanueva, Jorge Luis Santos, Ronaldo Encarnación y Manuel Coma. Es –en suma- un diapasón de individualidades que destacan particulares apropiaciones del arte abstracto.
Uno de los más jóvenes incluido en la nómina: Bárbaro Reyes (Pango), puntualiza que se identifica con la abstracción, por la manera de ver las cosas.
Al hacerlo lo hago por mis intereses, por lo que yo siento y quiero expresar; refiere a su vez otro de los participantes, Enrique Ávila, autor de monumentales piezas escultóricas.
Entretanto, para Julia Valdés –única mujer de la lista-, el hacerlo le permite aportar una particular visión del entorno urbano.
Celebrada por la síntesis de su expresionismo, Julia Valdés considera un honor estar junto a Antonio Vidal, quien fuera su profesor, y otros que han hecho aportes a la cultura nacional desde la abstracción; refiere al mismo tiempo.
Para la muestra en La Acacia entregó tres cuadros de La memoria sobre los muros, donde recoge la impronta del ser humano sobre su entorno, mediante superposiciones de espacio y tonalidades erosionadas por el tiempo, que es coautor; según el punto de vista de la artista.
Para decir, no hay alguna tendencia del arte en particular; sencillamente, hay maneras diferentes de ver o hacer. En este caso es abstracto por la ausencia de las formas, acota Pango.
Tengo inquietudes y creo que haciéndolo así me desahogo, puntualiza el autor de Mercado negro de la India, título con que expone una decena de lienzos entre el resto de los invitados.
Desde ese interés delata la cercana experiencia que viviera en aquella nación, cual mediadora del referente social y cultural, validado por la brillantez de los colores y el uso del graffiti, además de seguir su manifiesto; si se atiende a la cara presencia que ocupa en su obra la pictografía aborigen cubana, al decir del mismo Pango.
Más volumétrico, Enrique Ávila afirma que tal provecho viene de su quehacer como escultor, que –entre otras obras monumentales- aportara el simbólico Che, elevado en el edificio del Ministerio del Interior, en la habanera Plaza de la Revolución.
Por eso –quizá- en muchos cuadros se reflejen las tres dimensiones, expresa el autor de las 14 piezas agrupadas bajo el título de El silencio de las piedras.
Si se miran bien, no son tan abstractas. Quizá lo sean por la forma de componer, pero cuando las interpretas, no te dan eso: vas a ver piedras, rocas, luces y figuras geométricas; que en sentido general también te van a decir cosas, subraya.
Finalmente, entre tales formas abstractas, las miradas alcanzan puntos cercanos a tópicos tan individuales como universales: experiencias –al fin y al cabo- del devenir con que se vigencia la abstracción en Cuba, con su más de medio siglo de vida; latente entre el variopinto discurso que identifica el quehacer plástico cubano, y sus generaciones.
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