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  Gustav Klimt entre tres centurias
  Por Mireya Castañeda
 

 

Gustav Klimt, El beso
Gustav Klimt, El Beso

No es relevante el motivo que lo ha llevado a usted a Viena. De seguro será sobrepasado por el élan de la ciudad del Danubio. La música, las artes plásticas, sus museos y la arquitectura harán que el tiempo adquiera nueva dimensión.

Los nombres que lo persiguen en la capital austriaca son, en términos de computación, password en el mundo de las artes y las ciencias. Mozart, Beethoven, Brahms, Hundertwasser, Bruckner, Strauss, Schonbrunn, Klimt...

La diosa de la fortuna lo acompaña si ha sido admirador de Gustav Klimt y se encuentra en Viena cuando se exhibe, por primera vez, una retrospectiva con más de cien de sus obras, nada menos que una panorámica con el tema del retrato femenino.

Klimt y las mujeres fue el titulo seleccionado, esa exposición singular desplegada en el no menos extraordinario Palacio Belvedere, uno de los más perfectos exponentes de la arquitectura barroca, que por sí solo merecería un comentario, y no al pasar.

En realidad se trata de dos edificios. El primero fue construido entre 1714 y 1716 como Palacio de verano y su esplendor está en los espacios interiores, que hoy albergan los museos de Arte Barroco y Medieval austriaco. Más tarde se añadió otra edificación, en la cima de una colina cercana, con una vista tan magnífica que fue denominado Belvedere, dándole finalmente un nombre común a los dos palacios, unidos por un parque de un kilómetro.

Es en el Alto Belvedere, Galería para obras de los siglos XIX y XX, que se expuso la obra de Gustav Klimt (1862-1918) el famoso pintor austriaco cuyo estilo ornamental combina la forma humana, fundamentalmente femenina, con patrones decorativos, cuasi orientales, que en su tiempo no tenía precedentes.

El interés de Klimt por las mujeres como tema se extiende a lo largo de toda su obra, desde los primeros retratos historicistas hasta las representaciones alegóricas femeninas y sus dibujos eróticos, reunidos en esta soberbia exposición, que quita el aliento al poder apreciar en su grandeza lo solamente imaginado gracias a los libros de arte.

Allí estaban, entre las obras más conocidas, los retratos de Adele Bloch-Bauer; Adan y Eva; Danae; Judith y Holofernes; Watersnakes; Dama con Boa y...El Beso.

El Beso (1907-1908), en el que Klimt eleva la categoría de amantes al reino de la iconografía religiosa, con su fondo dorado, rememorativo de los mosaicos bizantinos, y el brillo de los trajes ornamentados, es punto de convergencia de cientos de reverentes asistentes a la muestra.

Naturalmente, Dama con Boa (1909), que ilustró por demás el afiche de la exposición, atrae la atención como un imán. El famoso e impresionante cuadro tiene, sin embargo, una arista menos artística, representativa de uno de los dramas del siglo XX.

Austria ha tenido que devolver esta obra, y la titulada Casa de campo con abedules, a los herederos de su antigua dueña, Hermine Lasus, obligada a venderlas por la persecución nazi a que estaba sometida.
 
Otra obra de Klimt, conocida como Tristán e Isolda, es reclamada al Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo por los herederos del marchand y anticuario judío y vienés Karl Grunwald, quien tuviera que abandonar su ciudad durante el Anschluss de 1938 y trasladarse a Francia.

Una situación cuando menos irreverente con respecto a un artista que describió las profundas convulsiones sociales de fin del siglo XIX y principios del XX, e incluso creó, junto a otros de sus contemporáneos con una visión progresista del arte, como Josef Hoffman y Joseph Maria Olbrich, la Secesión Vienesa.

Ellos tenían en mente encontrar nuevas formas de expresión estética que reflejaran la vida moderna y así se separaron de la academia. Su divisa A cada época su arte y al arte su libertad está inscrita en ese Templo de Arte que es en la actualidad el Museo de la Secesión, un edificio consagrado al Jugendstil (art nouveau) realizado por el arquitecto Joseph Maria Olbrich, para la XIV Exposición del grupo, en 1902.

La propia arquitectura del edificio se tornó símbolo de protesta, con su sencillez externa y sus funcionales salas, inauguradas con la muestra-homenaje a Ludwing van Beethoven. Siguiendo la idea la Secesión acerca de la unidad de las artes, 20 de sus integrantes trabajaron alrededor de una estatua del genial músico, obra de Max Klinger.

Klimt creó su Beethovenfries tomando como tema la Novena Sinfonía del genial músico. El fresco, de 34 metros de largo, en tres secciones, es una de las obras maestras del estilo art noeveau, y apreciarlo in situ es uno de esos momentos en que el placer estético resulta una inevitabilidad.

Gustav Klimt escribió en una ocasión: Quienquiera que desee conocer sobre mí como pintor —el único tópico de interés— debe estudiar mis cuadros con atención, y tratar de derivar de ellos lo que soy y lo que trato de hacer.

La exposición Klimt y las mujeres, en el Belvedere, y la visita al Museo de la Secesión han sido una ocasión incomparable para acercarse a este artista cuya vida transcurrió entre dos centurias pero su obra viaja hacia una tercera, y comprender así la certeza del aforismo de Hipócrates, ars longa, vita brevis.

 
 
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