Antonio Vidal, Sin titulo.
|
El Museo Nacional de Bellas Artes salda una deuda con el maestro Antonio Vidal (La Habana, 1928) con la exposición El silencio elocuente, en la que se presentan obras firmadas desde los 60 a la actualidad bajo la impronta de la abstracción, en la que el artista ha revelado su pluralidad y creatividad.
Deuda involuntaria, hay que decir. Cuando Vidal, uno de los grandes de la plástica cubana, recibe en 1999 el Premio Nacional de Artes Plásticas, la muestra correspondiente se hizo en el Centro Wifredo Lam dado que el Museo estaba cerrado para una restauración capital.
Por demás, El silencio elocuente deviene otra celebración más personal, el maestro arribó a su cumpleaños 80 (20 de febrero), y lo hace magníficamente, presentando incluso una obra realizada a propósito de esta muestra, integrada por 36 piezas, óleos, dibujos y esculturas de su colección personal.
A lo largo de más de medio siglo, Antonio Vidal ha transitado y madurado en la búsqueda de posibilidades expresivas propias, sin prestarse a “modas”, sino en el interés de que su discurso plástico le permitiese una comunicación plena.
Se había iniciado dentro de la Academia, y como resultado de ese ejercicio le quedaron la constante exigencia y la disciplina, aunque muy pronto se interesó por otro lenguaje: el arte abstracto.
Desde que en 1953 integrara el llamado grupo Los Once (nombre tomado luego de la exposición Once pintores y escultores jóvenes en la Galería de la Sociedad Nuestro Tiempo de La Habana), introductor en Cuba de la corriente expresionista abstracta, discurso y lenguaje han mantenido una línea coherente y a la vez renovadora, moviéndose –se afirmó en la entrega del Premio- con una sutil sensibilidad marcada por el silencio y cierto retraimiento.
De ese grupo ha señalado el propio Vidal: Los Once fueron el resultado de un encuentro generacional. Nos agrupamos porque al ser jóvenes queríamos romper con lo que nos antecedía. Éramos un grupo de idealistas que creábamos un arte que no se vendía y que, entonces, no le interesaba a la mayoría de la gente…En realidad, cada uno de nosotros había trazado su propio camino, sin que nos pusiéramos de acuerdo, pues nunca hicimos un manifiesto, ni nos autodenominamos Los Once…Eso sí, teníamos ideas parecidas sobre la creación porque en el fondo lo que queríamos era hacer otro arte, diferente al que hacían Portocarrero y Mariano..., de quienes éramos amigos.
En su sólida obra, en la cual mantiene los presupuestos éticos y estéticos que defendió desde los 50 (Grupo de los Once, de la Antibienal de 1954 y del Antisalón de 1956), las claves fundamentales son la libertad de la línea, las soluciones geométricas, colores, texturas, líneas, manchas, el equilibrio de la composición, la armonía, y el movimiento. Son sus sellos de identificación.
Aunque ha trabajado en lo fundamental la pintura y el dibujo, Vidal ha incursionado en el grabado, la escultura, y ha realizado varios murales, entre ellos el que se encuentra en la habanera tienda, La Época. Aún más, su arte puede apreciarse muy cotidianamente, pues participó en el diseño de una de las losas de la acera de La Rampa.
Antonio Vidal, con su obra alejada de la figuración y concentrada en el color, ha participado en más de cien exposiciones colectivas y personales, tanto en Cuba como en el extranjero, por ejemplo en New York, Caracas, México D.F, Sao Paulo, Tokio, Montreal, Roma, Madrid, Santiago de Chile, Lima, Miami, Niza.
La más reciente exposición del maestro en Bellas Artes, El silencio elocuente, vuelve a sorprender con piezas que, sin romper con la línea tradicional de sus creaciones, siempre tienen el hálito de la novedad.
Foto http://www.galeriacubarte.cult.cu
|