Foto: Alejandro González |
La guitarra clásica de la actualidad cubana cuenta con un guitarrista que felizmente ha llegado ya, a su “mayoría de edad” artística. En el recital que ofreciera recientemente Alejandro González, en la otrora Iglesia de San Francisco de Paula del centro histórico habanero, fue capaz de exhibir un arsenal técnico impresionante, puesto totalmente en función de los más disímiles estilos (aún tratándose de compositores coetáneos), y de un discurso musical lleno de inflexiones, colores y aristas expresivas.
Cuando se llega a esta fase, en que se ve al intérprete entregado al mensaje de su discurso, sirviéndose de la técnica como el vehículo natural (y necesario), pero que no debe quedar a la vista como un hecho en sí; entonces estamos en presencia de un artista, de un sacerdote en pleno oficio de su rito, no de un artesano hábil con sus manos.
Una primera parte, dedicada a los compositores del Barroco: Bach, Scarlatti y Handel, (quienes arribaron en el pasado 2005 a sus primeros 320 años de vida); ya nos permitió llegar a este corolario: la espiritualidad del primero, la “terrenalidad” lúdica del segundo y la majestuosidad ornamentada del tercero, dan fe de un intérprete que tiene bien digerida la obra de cada uno, conocedor de los originales (ya sea para clavecín en el caso de Scarlatti y Handel, o para coro y orquesta, en el de Bach) y por lo tanto, conciente de sus diferencias.
Un Bach lleno de nobleza y humildad, hombre de vida apacible como maestro de capilla en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, nos entregó González, en su muy célebre coral Jesús, alegría de los hombres (perteneciente a la cantata No. 147). Exento de tonos altisonantes, con un tempo y fraseo flexibles y fluidos, disfrutamos de una obra que no pudo ser mejor escogida como apertura de su presentación.
Luego, tres sonatas de Sacarlatti, que nos cambió de inmediato el prisma hacia esa mirada lúdica y retozona de la vida, presente en casi todas de sus más de 500 Sonatas, verdaderas joyas del arte del clavecín del siglo XVIII, portadoras del pensamiento técnico musical de un creador que, como Bach, estaba adelantado a su tiempo; pues sólo en las dificultades técnicas que plasmó en ellas resultó una especie de Liszt del instrumento.
Otro rasgo sobresaliente de la interpretación de González fue la semejanza lograda con el sonido del clavecín, a lo que evidentemente se dedicó, no apoyándose en el simple hecho de hacerlo con un instrumento de cuerdas pulsadas, que supuestamente favorece este acercamiento, sino buscándolo concientemente. Igualmente sobresalió la ornamentación espectacularmente bien resuelta en el soporte técnico, para servir al mensaje del autor y quedando bien lejos de los juegos malabares para lo que suelen ser utilizadas las obras de esta naturaleza.
Y como cierre de la primera parte, la Obertura de la suite No 7 de Handel, verdadero desafío técnico, que fácilmente haría extraviar el camino a un intérprete en los meandros de sus dificultades y que sin embargo, acertó al darnos una imagen de ese otro gran alemán, Handel, que a diferencia de Bach, recorrió el mundo, conoció las escuelas italiana, francesa e inglesa, fue cortesano y cuya obra refleja muy bien el espíritu y pujanza de la clase dominante feudal en su último esplendor.
Una segunda parte dedicada a los clásicos iberoamericanos del siglo XX: el español Manuel de Falla, el paraguayo Agustín Barrios, Mangoré, y otro español, Miguel Llobet, nos trajeron a un guitarrista diferente, incluso con obras bien dispares de un mismo creador, como es el caso de las del autor de El amor Brujo.
Tres afamados opus que suelen interpretarse en la guitarra, (de los cuales sólo el primero es original para el instrumento): Homenaje a la tumba de Debussy, como su nombre lo dice, es un tributo al francés iniciador del Impresionismo en la música, que el artista supo plasmar con los colores justos, sin tonos fuertes, todo sugerencia, intencionalidad y creando un verdadero ambiente voluptuoso, en correspondencia con el homenajeado.
Ya adentrado en la península y bien al sur, por cierto, hacia la tierra del gaditano, González nos ofreció la Canción del fuego fatuo, de El amor brujo, con la sensualidad gitana de la que Falla no necesitaba ni siquiera beber (porque se sentía y se sabía parte de ella). Garra y pasión, los aderezos requeridos por esta versión guitarrística de la obra para orquesta y mezzo soprano, supo aportarle a esta conocida obra del muy español y universal autor.
Y como cierre del segmento a él dedicado, tuvimos la grata intervención de un invitado, el joven guitarrista Armando López Moreno, egresado del Instituto Superior de Arte de La Habana y ex discípulo; quien se sumó para ofrecernos a dos guitarras una perfecta interpretación de la danza de La vida breve, gran clásico en el repertorio adaptado a la guitarra.
Lo depurado español, junto a la gracia y el donaire de sus temas requieren la soltura y el desenfado propios de quien sabe que está tocando una música de altísima factura, que no necesita ser maquillada, ni añadirle falsos retoques de fraseo, sino dejar fluir la intuición musical, el pulso natural de la música, embridados por el buen gusto y el dominio técnico.
Como cierre del recital, tres valses: dos del paraguayo Mangoré y uno de Miguel Llobet, catalán (1878-1938) y discípulo de Tárrega. Evidentemente, el protagonista de esta excelente tarde, seleccionó estas obras para finalizar su recorrido por diferentes épocas, latitudes y culturas, para completar la muestra de una paleta interpretativa de amplio espectro, demostrar la capacidad de desdoblamiento imprescindible para abordar tan disímiles discursos y a la vez desmitificar ese criterio de que un músico “clásico” no es capaz de abordar música portadora de no poca sustancia de “lo popular”, sin que suene a nota falsa.
En Mangoré, González supo demostrar que ha captado perfectamente este sustrato presente en casi toda la obra del latinoamericano, que en sus valses lo combina curiosamente (en el sentido de que se notan fácilmente) con notables elementos del vals vienés straussiano, de salón. La nostalgia del individuo sencillo se combina con la prestancia de las entonaciones valsísticas en un género totalmente criollo, latinoamericano y encantador, que el artista supo recrear muy bien.
Digno heredero del importante romántico español, Francisco de Tárrega; Llobet, a la manera de los discípulos de Liszt, asimiló el patrimonio técnico-musical legado por su maestro y que demanda de un intérprete dotado de un parque técnico sin fisuras, a la vez que manejado con la soltura del que está de regreso de esos menesteres y disfruta tanto como el público con la música que sale sus manos.
Un cerrado aplauso del público lo obligó a entregar un encore, escogido con la sabiduría de los experimentados: del catálogo del cubano Ñico Rojas: El agua no se puede malgastar, unos de sus opus con sabrosura sonera a la vez que refinamiento y riqueza armónica y que Alejandro González nos regaló con la misma autenticidad y sencillez de nuestros músicos populares, lo que corroboró la impresión, recibida desde el comienzo mismo del recital, de que estábamos en presencia de un artista joven, ya maduro, que desde ahora goza del privilegio de ser un crisol de técnica y musicalidad.
*La autora es Maestra invitada de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba
y profesora de dirección orquestal del Instituto Superior de Arte.
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