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  Aquel flamante profesor Roberto Valera
 
Por Juan Piñera*
 


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Es prácticamente imposible hablar del movimiento coral cubano en las últimas décadas sin hacer referencia a la obra del Maestro Roberto Valera. Después de que él escribiera, Iré a Santiago, Guaguancaglia o Tiempo para un tiempo, hay un antes y un después.

Y es que Roberto Valera ha sabido, como sólo él sabe hacerlo, darle un especial aliento a la creación coral, más allá de los moldes y de clichés que aseguren el éxito de inmediato. Con él se da la honestidad como creador, una fina ironía siempre necesaria y querida en lo que escribe, y –más que todo- una cubanía raigal.

La obra de Roberto Valera no está sólo enmarcada en la creación coral que, si bien es antológica, no es la única que ha concebido. Son particularmente fuertes en su catálogo, la creación sinfónica, la pianística y –sobre todo- su impronta creadora en lo cameral.

En este instante nos viene a la mente, el estreno de Tres Impertinencias, sabia lección de cubanía, desacralización y crítica –también autocrítica- ante el vanguardismo a ultranza. Después del estreno absoluto, quien escribe este comentario fue directamente a un libro muy querido y socorrido por él: La indagación al choteo, de Jorge Mañach, como lectura complementaria. También en Juan Piñera existió un antes y un después, al escuchar Tres Impertinencias: lo cual sugiere que estamos ante una verdadera obra maestra de la vanguardia musical en Cuba. Hoy, lamentablemente olvidada, esa pieza ha de ser motivo de estudio y análisis, y no caer en el baúl del recuerdo que se va borrando, poco a poco, por esa empecinada vocación de borrar nuestro pasado.

Aunque el Maestro Roberto Valera piense que esto es una exageración, su obra es brújula de orientación para los que hemos ido llegando después de él.

Y si de orientación y formación hemos de hablar, el autor de estas líneas confiesa que fue el primer alumno de composición que graduó Roberto Valera, lo cual fue un privilegio, pues –más allá de cualquier otra consideración- comprendió, por siempre jamás y de una vez por todas, lo que era libertad creadora, a pesar de lenguajes circunstanciales y de modas pasajeras.

En sus aproximadas cuatro décadas en la docencia, Piñera recuerda muy bien el día en que Roberto Valera, recién llegado de Polonia, donde estudió, se presentó en la Escuela Nacional de Arte para convertirse en un flamante profesor.

Fue un lujo, en verdad, tenerlo; y los interesados en la composición, hablaban que tenían bien cerca de un miembro de la vanguardia musical en Cuba: la misma que se inició en los años sesenta de la pasada centuria. Su presencia hizo romper ciertas cadenas del academicismo, pues era necesario sentir y presentir su presencia, y conocer su quehacer en aquellos memorables conciertos de la música de estos tiempos.

Pero Valera sorprende a cada instante. Por estos días ha entablado una batalla a favor de la difusión de la música cubana contemporánea, sobre todo, la creada por los más jóvenes. Algunos le han hecho resistencia. Son miopes o, mejor dicho, sordos a la música. Son incapaces de comprender qué somos, de dónde venimos y, hacia dónde vamos.

Él, como siempre, imperturbable, prosigue en su labor: entrenando y dando a conocer lo que se está haciendo en estos instantes en Cuba; pues está seguro de que, para ser mejores, tenemos –ineludiblemente- que conocernos.

Por ello, también considero que Roberto Valera ha devenido una suerte de guía espiritual: lo que contribuye a insuflarles fuerzas a todos los que estamos enfrascados en la creación musical, y de manera significativa, los más jóvenes.

Y en este quehacer, que es una verdadera enseñanza, él transmite su ejemplo que, con el tiempo, devendrá una nueva generación de compositores capaces de quebrar lanzas por sus colegas, no importa la filiación estética que posean. Su inteligencia y talento han contribuido a la superación de muchos. Su desenfado y cubanía nos inducen a seguir por una senda no siempre transitada: la honestidad creadora.

El Premio Nacional de Música que se le entregara en 2006, no es un galardón más en su carrera de éxitos; sino, también, un acto de reafirmación de una actitud para con la música: el hurgar en las raíces sin la sombra tenebrosa del oportunismo.

 

* El autor es compositor e instrumentista, profesor del Instituto Superior de Arte
y director de programas de CMBF, Radio Musical Nacional.

 
 
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