
Foto: Tata Güines
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Con su típica gorra blanca y camisas coloridas, Tata Güines es considerado en Cuba el rey de los tambores, tumbador por excelencia, intérprete clásico de la rumba y la conga sin parangón.
Negro nacido en una cuna humilde de la localidad habanera de Güines, Federico Arístides Soto Alejo (30 de junio de 1930), formado como músico entre los tambores y las fiestas religiosas de su barrio, adoptó su apodo de pequeño: el Tata, y como apellido el del pueblo que le vio crecer. La música la trajo en la sangre: su padre y sus tíos hacían música con los cueros.
Apenas tenía seis años, cuando comenzó a tocar en el conjunto Partagás, del tresero José Alejo Vasallo. Todavía hoy, el Tata sigue teniendo el mismo brío con que acompañó a otros grandes de la música cubana, como Arsenio Rodríguez - quien también es oriundo de Güines - Chano Pozo, Frank Emilio y Changuito, entre muchos, que lo reconocerían como uno de los grandes de la percusión.
Y no se equivocaron. Su prestigio lo coronó el Premio de la Música en 2006 y antes el Diploma al Mérito Artístico del Instituto Nacional de Arte (ISA), de La Habana Por si fuera poco, una marca de tambor de la fábrica de instrumentos musicales de Cuba lleva su nombre. Entretanto, Tata participó en tres Premios Grammy, en los Estados Unidos: por Lágrimas negras, La rumba soy yo y Janne Bunnet.
Sucede que este hombre sencillo, como el hogar natal, quiso darle prestigio al tambor, un instrumento menospreciado hasta la década de 1940, cuando Arsenio Rodríguez lo invitó a formar parte de su banda musical.
Me decían que era un loco, pero me pasaba el tiempo buscando mi sonoridad, mi propio ritmo. Y cuando me dejé crecer las uñas para que el cuero sonara diferente, muchos otros percusionistas siguieron mi ejemplo hasta hoy, recuerda el intérprete de las sabrosas rumbas y congas típicas de Cuba.
Fue en los años 50 cuando conoció a los grandes, entre ellos Chano Pozo. Tocaba en cualquier lugar y dormía donde lo cogiera la noche en la urbe de farándula, bares y cabarés que era La Habana de entonces.
Después se trasladó como muchos otros músicos cubanos a Nueva York. Trabajó allí con Machito, Dizzy Gillespie y puso cinco tumbadoras en el hotel Waldorf Astoria, uno de los más prestigiosos de aquella ciudad estadounidense. Había logrado su sueño, prestigiar al tambor y darle protagonismo a la percusión.
De manera que hoy se le puede identificar por su concepto musical, ya legendario. Tata ha señalado que toca las tumbadoras con un ritmo fuerte y limpio: manteniendo la estabilidad, pegado al parche sin levantar demasiado las manos, para no agotarme. Me consideran la mano izquierda más rápida al extremo de que muchas personas creen que soy zurdo, ha enfatizado.
Así es que, entre tales entregas y su mayúscula consagración refiere sentirse feliz por el homenaje que significa el Premio Nacional de Música, pues siempre lo reciben consagrados y él lo logró, como siempre quiso, dándole categoría a sus tambores y a la percusión cubana.
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