
Maestro Iván del Prado
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Cuando la actividad musical habanera en las salas de concierto pareciera mermar debido a la llegada del verano, el Teatro Auditórium Amadeo Roldán presentó un recital de la Orquesta de Cámara de La Habana dirigida por el Maestro Iván del Prado.
Para su primera incursión en dicho escenario, luego de su fundación en mayo de 2006, la agrupación presentó un atractivo programa que, como en los encuentros anteriores, se caracterizó por incluir obras de extraordinaria valía que poco se escuchan en la Isla.
Así, comenzaron con la Serenata en Re Mayor Kv. 239, de Wolfgang Amadeus Mozart, obra que resulta un perfecto juego mozartiano a lo Barroco, en tanto utiliza la alternancia entre solistas y orquesta a la manera del concerto grosso, así como armonías propias del siglo XVII en perfecta comunión con el estilo compositivo del genio salzburgués.
La interpretación de Iván del Prado y su orquesta tuvo en la expresividad de fraseo y los brillantes contrastes dinámicos sus máximos argumentos, a tono con las exigencias que, en la actualidad abogan por incorporar a estas composiciones antiguas los elementos expresivos de la música que han quedado con el paso de los siglos posteriores.
En ella es de resaltar la intervención de los solistas Laura Pérez y Raynel Joubert, quienes se mantuvieron dialogando armoniosamente durante toda la obra.
La primera destacó con un hermoso sonido, mientras que el segundo utilizó su innata facilidad violinística para establecer una interacción musical, muy elocuente entre ambos.
A ellos se unieron la violista Indira Pérez, el contrabajista Rubén González y el timpanista Ian Díaz, con apariciones en breves cadencias que asumieron de forma muy acertada.
Luego continuaron con Variaciones sobre un tema de Frank Bridge Opus 1 para orquesta de cuerdas, compuesta por Benjamín Britten a los 23 años.
En la misma descubrimos, precisamente, a un Britten joven, en cuanto al tratamiento de la armonía, y maduro en conceptos, al desarrollar descriptivamente cada variación con una creatividad increíble; poniendo a prueba a los más exigentes intérpretes debido a las complejidades que entraña.
En la partitura destacan Romance con su fina elaboración melódica que la orquesta fraseó de manera continua e inagotable, la atractiva Aria Italiana, su Vals vienés, la profunda Marcha fúnebre o su compleja Fuga casi al final.
La Orquesta de Cámara de La Habana enfrentó el reto desde una interpretación virtuosa. Y no me refiero al simple, y muchas veces banal, hecho de alardear con las habilidades técnicas que se posee, sino de asumir una postura inteligente ante la música.
El Maestro Iván del Prado posee la capacidad de hacer escuchar cada una de las líneas orquestales con gran nitidez, conjugándolas entre si a través de sus timbres y movimientos melódico-armónicos.
Así, el espectador está al tanto de todo cuanto ocurre dentro del pentagrama, siempre como resultante de un balance inteligente entre las partes, y de una sonoridad empastada en toda la orquesta; situación que no se manifiesta cotidianamente en audiciones de otras agrupaciones cubanas.
El programa continuó con La pregunta sin respuesta, de Charles Ives, quien plantea su propia filosofía de la existencia humana.
El trompetista Fadev Sanjudo sobresalió en sus solos con especial control en la emisión y el sonido. A él correspondía la tarea de hacer la perenne pregunta de la existencia, por su parte, los instrumentos de viento madera intentaban encontrar la respuesta invisible, mientras que las cuerdas representaban el silencio.
La interpretación fue excelente. En la sala se creó un ambiente místico lleno de interrogantes, solo que la respuesta, fue la ovación del público que así recibió el mensaje del compositor y sus ejecutantes.
Para el final fue el Tríptico Botticelliano, de Ottorino Respighi, célebre compositor italiano de principios del pasado siglo.
La obra está basada precisamente en tres cuadros del pintor Sandro Botticelli: La Primavera, La adoración de los magos y El nacimiento de Venus.
Dichos títulos y sobre todo el contenido de las pinturas en si, le sugirieron a Respighi un mundo fascinante, lleno de imaginación para crear sensaciones y atmósferas en su Tríptico.
De tal forma, encontramos una enorme diversidad temática, ambientes y preciosas sonoridades enriquecidas con la utilización del arpa, la celesta y el piano dentro de la orquesta.
Con anterioridad, hice alusión a la sonoridad empastada que logran las cuerdas en la agrupación. Y justamente, es significativo porque no es común, escuchar una homogeneidad tímbrica a esa escala. En ellos no hay espacio para individualidades que no estén enfocadas hacia un resultado parejo del sonido.
Quizás, en este sentido, los músicos de viento estén en alguna desventaja, también atenuada por la falta de instrumentos más eficientes.
Empero, no interfirió en un resultado positivo, en el cual podemos resaltar las apariciones de la fagotista Alina Blanco, en el prolongado y enigmático tema del segundo de los cuadros.
Asimismo, las intervenciones de la clarinetista Dianelys Castillo, el flautista Erasmo López y la oboísta Ayamey Castañeda.
Mención particular para la concertino Patricia Quintero quien, amén de las actuaciones individuales durante el concierto, asumió su papel de manera muy profesional.
Al salir de cada entrega de la Orquesta de Cámara de La Habana reafirmo que una excelente interpretación acrecienta los valores, además del respeto ante la partitura.
La mano del ejecutante contribuye sobremanera al éxito de la música. Encontrar pues, una agrupación como ésta y un director de la maestría de Iván del Prado es una garantía de calidad, tanto para el compositor y su obra, como para el público en general.
La Orquesta de Cámara de La Habana impone un sello distintivo dentro de los proyectos musicales que en Cuba se realizan actualmente; espacio que ha sabido ganarse con el compromiso, ante todo, con el arte, al traspasar las barreras de lo cotidiano.
El éxito alcanzado no pertenece de manera total, a sus jóvenes integrantes porque si bien la media de la orquesta es de calidad, con muy buenos músicos en sus atriles, la mano del director logra extraer de cada uno de ellos lo mejor, así el resultado sonoro que tanto disfrutamos.
Con ello, quisiera convidarlos a seguir de cerca a la orquesta cubana. Muchos la tienen como la principal de su tipo en el país, y a la cual debemos agradecer ante tan extraordinaria muestra de buen arte.
*El autor es pianista y profesor del Conservatorio Amadeo Roldán. |