Recientemente la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís reanudó su programación de conciertos, luego del acostumbrado descanso a fines del verano.
En estos casi 13 años de labor, la emblemática sala de conciertos se ha convertido en la más prestigiosa dentro de los escenarios cubanos que promueven la música de cámara y coral.
El reconocimiento siempre es oportuno y, aunque el presente comentario es acerca de un concierto joven ocurrido en dicho lugar, aprovecho para felicitar a todo el equipo de trabajo, liderado por su directora Gertraud Ojeda.
El concierto lo protagonizó una ocasional orquesta de cámara, que integraron músicos de la Camerata Romeu, la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba y estudiantes del Instituto Superior de Arte de La Habana.
El colectivo, al mando del joven violista y director David de la Mora Chávez, inició su presentación con Adagio y Fuga Kv. 546, de Wolfgang Amadeus Mozart.
Específicamente, la fuga careció de una construcción elocuente que le permitiera organizar mejor las ideas musicales por espacios de tiempo más largos, en pos de lograr un discurso lógico y entretenido.
Al inicio, el tema no fue tratado por todas las partes con la misma actitud en el manejo del arco. Los violines lograron un carácter más enérgico y una agudeza del timbre que imitaron todos posteriormente. Así es la fuga, en la que ambos deben presentar el tema lo más parecido posible, sin que las tesituras de los instrumentos afecten este fin.
Luego siguió el Concierto para violín y orquesta Número 5 en La Mayor Kv. 219, también de Mozart, en el cual intervino como solista Gersia Sánchez.
Me sorprendió que excluyeran de la orquestación a la pequeña sección de instrumentos de viento, para algunos esto pasó desapercibido. Quizás por la premura con que se preparó el concierto no encontraron a los intérpretes necesarios para ejecutarlo como es originalmente.
Es entonces que me encuentro en una dualidad de criterio: ante todo se debe respetar el texto y, con ello, al público; o hacer la música en tales condiciones a pesar de suprimir a los vientos.
De cualquier forma, no tuvimos otra opción que escuchar esta sui géneris versión del quinto concierto para violín y orquesta del genio salzburgués.
La solista apostó por una interpretación mozartiana más a lo detachè, es decir, sin mucha gama de articulaciones que le impregnaran jocosidad y ligereza a algunos momentos de la partitura.
En esa línea se mantuvo durante el primer movimiento, que pudo mostrarse más cuidadosa con la afinación. El Adagio resultó largo o, quizás, poco creativo. Y es que los movimientos lentos son los más difíciles, por cuanto requieren de una elaboración inteligente que logre mantener al espectador conectado todo el tiempo.
El Rondó final marcó una diferencia con lo anteriormente expuesto. Gersia se reveló, en ocasiones, amenazante, otras veces, noble y jovial. En resumen, mucho más resuelta y creativa.
Entre la orquesta y ella se lograron momentos positivos de interacción, visto cuando ambos se entregaban ideas temáticas e intenciones musicales similares.
Ese fue el preámbulo a la llegada del Quinteto de Viento Santa Cecilia, integrado por Dianelys Castillo (clarinete), Yailín Martínez (flauta), Ayamey Castañeda (oboe), Mileidy González (corno) y Mónica Acosta (fagot); viniendo a ser lo más logrado de la función.
Las jóvenes instrumentistas interpretaron el Divertimento en Si bemol Mayor, de Joseph Haydn, pieza que las ha acompañado desde su fundación, en mayo de 2007.
No pocos quedaron encantados con el estilo escénico de Santa Cecilia. Y ciertamente crearon un ambiente muy especial, lleno de gracia y buen gusto. La belleza del sonido y el empaste tímbrico que logran, merecen sendos aplausos en su trabajo.
He sido testigo fiel del quehacer, breve pero intenso, de la agrupación, y la constancia cotidiana evidencia ya un resultado más acabado y bien orientado hacia la madurez. Conste que dichos instrumentos son muy difíciles de acoplar, máxime si tenemos en cuenta que su desarrollo en la Isla no ha sido parejo en todos los casos.
Es por ello, y también por la poca existencia de formaciones similares en el contexto habanero, que el Quinteto de Viento Santa Cecilia debe ser atendido con especial interés.
Su interpretación estuvo muy a tono con el estilo, al captar con acierto los tempos y el carácter en cada movimiento. Solo sugerir que el oboe debe mantenerse con toda la intensidad necesaria hasta el final de cada frase en el Andante, ya que los demás instrumentos llegan a interponerse sonoramente, cuando éste hace la línea superior.
Así además, el corno podría exagerar las articulaciones cortas, de forma tal que se integre a la manera de hacer de sus colegas. Es necesario tener en cuenta que las características del instrumento en si, requieren tal actitud a la hora de homogenizar los parlamentos musicales.
Finalmente, fue con el Concerto Grosso Opus 6 Número 10, de Georg Friedrich Händel, que la orquesta de cámara ejecutó, a manera de cierre, lo que fue un viaje a la inversa. Y ¡muy bien que así sea! para romper un poco con la tradición de ir en orden cronológico de compositores.
David de la Mora, quien estuvo al frente del colectivo se vio muy seguro en todo momento y así percibimos un buen dominio en él de la orquestación en las distintas obras. Sabemos que, con un poco más de ensayos, el resultado cualitativo del recital hubiese sido mayor.
Amén de estas consideraciones, el concierto fue una iniciativa que debemos promover, por cuanto resulta elogiable el hecho de que estos intérpretes se hayan unido para hacer música, actitud poco frecuente en la actualidad, y menos usual aún ante la convocatoria de un director novel.
* El autor es pianista y profesor del Conservatorio Amadeo Roldán. |