Orquesta de Cámara
de La Habana
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Una semana de memorables encuentros en el que afloraron diversas estéticas de la música actual, sus compositores e intérpretes, fue la trascurrida recientemente.
Participantes de ocho países de América y Europa se dieron cita en el XXII Festival de La Habana de Música Contemporánea, que cada año apuesta por difundir y preservar los valores del arte musical de nuestro tiempo.
En las postrimerías del evento tuvo lugar un concierto de la Orquesta de Cámara de La Habana, dirigida por su titular Iván del Prado, tenido como uno de los privilegios que saltaban entre la programación.
El repertorio propuesto no estuvo dirigido a la música de vanguardia, sino a aquellas obras y compositores que de alguna forma abrieron y trazaron el camino hacia las tendencias más actuales de la creación. Y ¡qué bien que así fue!, pues esta edición del festival careció de la presencia de los clásicos del siglo XX, tan agradecidos en años anteriores.
Así, comenzaron con el polaco Tadeuz Baird y su Colas Breugnon, versión de concierto basada en la música original para una producción radial de la novela homónima del escritor francés Romain Roland.
Presuntamente apegado a algún elemento temático del Renacimiento, la obra se inserta perfectamente en la manera de hacer del posromanticismo. De un modo diáfano, así como la propia música, fue su interpretación, en la que la diversidad de carácter entre las partes resaltó.
El Noneto para cuarteto de cuerdas y quinteto de viento, de Bohuslav Martinu, fue una de las singularidades del concierto. Obra imprescindible dentro del catálogo camerístico, es raras veces interpretada en Cuba.
Los instrumentistas seleccionados la asumieron con total conocimiento de causa, algunos de ellos mostrándose con plena soltura. Tal es el caso del violinista Lázaro Amed Hierrezuelo, la violista Indira Pérez, la cellista Xochit Morales y el contrabajista Rubén González. En los vientos destacaron la clarinetista Dianelys Castillo y el flautista Erasmo López.
Los restantes colegas: Ailén Fabelo (oboe), Alina Blanco (fagot) y Lexter Valdés (corno) hicieron un buen trabajo, ayudando todos a alcanzar un perfecto ensamble.
El programa siguió con Brasiliana VI, de José Siqueira. Las cuerdas y los vientos, tras una depurada afinación, se fundieron muy bien sonoramente; amén de la rica variedad rítmica y diseños diversos contrapuestos entre si. La pieza, de tres movimientos, dista de la música centrada en plasmar de forma comercial, inconciente o no, los elementos folklóricos brasileños.
Para el final fue la muy conocida Punto y Tonadas, del cubano Carlos Fariñas, a quien estuvo dedicada la presente edición del Festival de La Habana, en el quinto aniversario de su desaparición física. Aquellos que han podido escucharla anteriormente, de seguro coincidirán en que fue ésta una interpretación estupenda.
A mi juicio, el maestro Iván del Prado hizo de ella un perfecto equilibrio entre lo campesino inherente en la partitura y una concepción europea en cuanto a la sonoridad brillante, cantabile y expresiva que la caracterizó. Valdría mencionar los recitativos (Tonadas) en manos de la cellista Xochit Morales, realmente plausibles en la ejecución.
Asistir a los conciertos de la Orquesta de Cámara de La Habana es acudir a un encuentro con la música viva. El talento, el oficio y la constancia del maestro Iván del Prado tienen como resultante el alto vuelo artístico que muestran a poco más de un año de fundada la agrupación.
Una vez más, pues, el reconocimiento de todos aquellos que apostamos por el arte y la magnífica impronta que traza en estos tiempos de la música en Cuba, la Orquesta de Cámara de La Habana.
* El autor es pianista y profesor del Conservatorio Amadeo Roldán.
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