Mario Orlando
El Fakih Hernández |
Al hablar de los jóvenes talentos de la música en Cuba, el nombre de Mario Orlando El Fakih Hernández se sitúa por derecho propio entre una valiosa lista.
En su infancia lo imagino inquieto y curioso por encontrar una respuesta lógica a cuanto sucediera a su alrededor. De otra manera no podría explicarse su acción cotidiana en estos momentos, cuando, con apenas dieciocho años, cosecha resultados artísticos que auguran un futuro aún más exitoso.
Nacido en La Habana, el 15 de julio de 1989, Mayito -como cariñosamente le llamamos quienes lo tratamos de cerca- se inició en la natación, siguiendo el incentivo familiar por vincularse al deporte. En estas lides llegó a ser campeón provincial de su nivel.
Sin embargo, un día descubrió su vocación musical y desde entonces quedó atrapado para siempre por el arte de los sonidos.
Tengo una prima que asistía a un taller de iniciación musical en el que recibía lecciones de piano. Un día la acompañé a la clase y tomé aquello como si fuera para mí, el que más participaba era yo. Ese fue el primer vínculo que tuve con la música. Después, llegué a mi casa con esa idea en la cabeza y le dije a mi mamá que me buscara un maestro de piano porque necesitaba llegar a la música. Entonces comencé con un profesor, pero, al saber de la existencia de las escuelas de música, caí en las manos de Carmen Rosa López, quien ha sido mi maestra de toda la vida, hasta hoy. Con ella empecé una actividad musical más seria.
En cuarto grado de escolaridad me preparé para entrar en el Conservatorio Alejandro García Caturla. Lo que me gustó siempre fue el piano, pero ella me planteó que era tarde por mi edad: debía haber realizado las pruebas en segundo grado. Entre las carreras de que disponía, me aceptaron en guitarra. Con este instrumento me fue muy bien, participé en dos ediciones del Festival Isaac Nicola, organizado por el Conservatorio Manuel Saumell, pero siempre estuvo latente en mí el deseo de ser pianista.
Mis padres se acercaron a la profesora María Antonia Lamas para que me atendiera, mientras yo daba guitarra. Con ella hice un trabajo de aprendizaje rápido muy bonito, sin llegar a perfeccionar tanto las obras, sino para crear la habilidad de leer y montar las piezas en breve tiempo. Durante poco más de un año toqué cosas que los muchachos de piano hacían luego de tres y cuatro cursos de estudio.
Fue entonces que una profesora de la Cátedra de Piano Básico me oyó y se asombró al ver cómo un niño que estudiaba guitarra -con las uñas largas que se requerían para la ejecución de ese instrumento- podía tocar obras difíciles para los dos años que llevaba en el piano. Era la profesora Isabel Clavera, quien me propuso hacer el examen de suficiencias para optar por esa carrera. En tres meses nos preparamos, hicimos la prueba y aquello fue una sensación en la escuela. Luego, las cátedras de ambos instrumentos me querían como alumno, pero me decidí por el piano.
Una carrera preñada de lauros
Inmediatamente a dicho examen, Mayito fue merecedor del Segundo Premio y el Premio a la Mejor Creación, en el Primer Concurso de Piano del Conservatorio Alejandro García Caturla.
En esta sucesión de acontecimientos, fue sorprendido, más tarde, por importantes lauros en certámenes del instrumento que reconocieron en él su talento y dedicación fuera de la escuela. El primero de ellos fue el Concurso Amadeo Roldán.
Fue muy lindo haber estado en el certamen y, luego, llevarme el Primer Premio y los Premios Especiales por las mejores interpretaciones de la música cubana y la música latinoamericana. Fueron de gran alegría para mí porque participé con el objetivo de experimentar algo nuevo, desarrollarme y conocer el ambiente competitivo. Desde ese momento, la anécdota del muchacho que empezó por la guitarra y ganó el concurso se dio a conocer en todas las escuelas.
Las experiencias internacionales no tardaron en su empeño.
Entre los exámenes de ingreso al Conservatorio Amadeo Roldán, de nivel medio, me presenté al Concurso Iberoamericano de Piano de La Habana, donde alcancé el Segundo Premio y las Menciones por las mejores interpretaciones de la música latinoamericana y la música española. Como alumno del maestro Víctor Rodríguez, estuve en el XVII Concurso Internacional de Ibiza, España, obteniendo la única Mención que otorgó el jurado en la categoría de menores de dieciocho años; y también en el I Concurso Internacional de Maracaibo, Venezuela, donde obtuve el Segundo Premio.
Juntos participamos en el Festival de Piano Joven, en París, en 2005, y ofrecimos conciertos también en Barcelona e Ibiza. Estas experiencias fueron excelentes en mi carrera. En París, llevamos un programa de música cubana y tuvimos muy buena acogida. Durante los conciertos anteriores al nuestro, el público se mostró un poco seco con los pianistas y teníamos preocupación por ello; sin embargo, elogiaban la calidez y sentimiento con que tocábamos los músicos latinos.
Tiempo después, pasé a ser estudiante del joven pianista Aldo López-Gavilán Junco y, con su tutela, recibí el Primer Premio y el Premio por la mejor interpretación de la obra obligatoria costarricense en el IV Concurso Internacional María Clara Cullell, de Costa Rica.
La preparación para un concurso es diferente a la de un examen o un concierto. Me aporta nuevas experiencias y conocimientos. Todos estos años fueron una etapa de desarrollo: terminaba un concurso y me preparaba para otro. Monté mucho repertorio y fui alcanzando mayor realización artística en general.
Una formación de excelencia
Durante estos años frente al piano, no han faltado excelentes profesores en el difícil hacer de la técnica, la disciplina y el desarrollo artístico. Acerca de las diversas experiencias, comenta.
A Isabel Clavera le tocó la parte más difícil porque me tomó en bruto y fue más seria a la hora de escoger las obras a trabajar. Ella me fue formando técnicamente, con una manera de tocar y mover los dedos más correcta. Con Víctor Rodríguez tuve una etapa muy buena: choqué, por vez primera, con la música y su interpretación a un nivel profesional. Fue el profesor que me enseñó cómo tocar con una orquesta sinfónica, cuando debuté como solista a los quince años. Con Aldo López-Gavilán aún continúo estudiando en el Conservatorio Amadeo Roldán. En su clase he trabajado hacia la madurez pianística, en busca de la mayor cantidad de recursos interpretativos, colores de sonido y a ver la música no solo desde el punto de vista técnico, sino aprender a decir cosas, dar mensajes a través de la música. Por su parte, la maestra Teresita Junco me ayudó mucho en la preparación para el Concurso María Clara Cullell, de Costa Rica. Aldo estaba en una gira internacional y ella, quien, además, es su madre, trabajó conmigo para ello. Teresita me enseñó cómo hacer la mayor cantidad de música con el mínimo de recursos. Los métodos que aplica para estudiar son muy avanzados y prácticos a la hora de ir a lo concreto.
El piano no cubre sus necesidades
En los últimos tiempos, al talentoso pianista se ha sumado una cualidad que lo revela como un músico muy capaz y con inquietudes artísticas que dejan al piano no como el centro, sino como la base imprescindible a sus necesidades de expresión y búsqueda.
Con catorce años, Carmen Rosa López comenzó a enseñarme elementos de dirección coral y empecé a buscar información al respecto para ampliar mi cultura, porque lo necesitaba. Creo que es algo que va más allá de tocar el piano, que me hace mejor persona. Esa forma grupal de hacer la música, de estar en colectivo, cantar juntos, siempre me llamó la atención, al punto de desear aprender a dirigir. Al terminar el nivel elemental de música, tuve la posibilidad de dirigir al Coro Diminuto en el concierto de graduación de los alumnos de Canto Coral; pero, en 2006, cuando llevaba tres años trabajando con Carmen Rosa, me dije que necesitaba un coro para trabajar. En ese momento, ella debe ir a México y el coro se quedaba sin su directora por un tiempo. Decidimos que yo me quedaría al frente de los muchachos.
Tres meses después se realizaría el V Festival Coral Internacional América Cantat. Nos trazamos un plan de trabajo durante ese tiempo y la semana antes del evento ella le daría los toques finales para presentarnos. Esa fue una etapa maravillosa y toda una escuela de aprendizaje para mí. El coro ensayaba tres veces a la semana, entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche, cuando terminaban las clases en la escuela. Así montamos dieciséis obras de diversos estilos. Ese fue mi primer encuentro de verdad con un coro, nos sentíamos muy felices y realizados con la música, que era nuestro objetivo fundamental.
Luego, necesitábamos el apoyo para participar. Nos dimos a la tarea de convocar a la maestra Digna Guerra, quien presidía el comité organizador del evento América Cantat. Ella audicionó al Coro Diminuto con todo el programa. Cuando terminamos, se quedó asombrada y preguntó de dónde había salido el muchacho que trabajó con esos niños y cómo era posible que yo no estudiara dirección coral en la escuela, debido a la madurez y profesionalidad que vio en mi enfrentamiento con ellos.
A partir de ese momento, Digna me pidió como pianista para los talleres que se impartieron en el Festival América Cantat. En los mismos conciertos del evento, Carmen Rosa López y yo nos acercamos a ella y le planteamos la necesidad de tener una guía para elevar mi nivel y poder hacer la carrera de Dirección Coral en el Instituto Superior de Arte (ISA). Así, a partir de mayo de 2007, recibo clases con la maestra Digna Guerra.
El futuro y sus sueños
Actualmente Mayito culmina sus estudios en el Conservatorio Amadeo Roldán y aspira a continuarlos en el ISA con las carreras de Piano y Dirección Coral. No obstante, quise saber cómo visualizaba su futuro: ¿pianista, director coral o algo más?
Creo que como músico, primero que todo. Soy un gran soñador. En la cabeza siempre me veo dirigiendo masas corales y orquestales, con el piano al centro, haciendo música. Deseo, en un futuro, tener mi coro profesional, participar con él en concursos y festivales internacionales. Como pianista, quisiera hacer una carrera que incluya presentaciones con importantes orquestas y poder tocar grandes conciertos para este instrumento. En fin, tengo muchos sueños, como todo joven.
¿Hasta dónde ha sido decisiva la familia en tu carrera?
Mi familia es el pilar de mi formación. Sin ellos no podría hacer nada. Mis padres son incansables con mi educación, han sido el apoyo fundamental para llegar hasta donde estoy y sin ellos no podría seguir haciendo todo lo que me falta por materializar. Recurro a ellos para que me auxilien y siempre están ahí. Mis padres son lo más grande que me ha podido pasar.
¿Cómo se define Mario Orlando El Fakih Hernández?
Creo que ya te dije. Me defino como un gran soñador de la música.
* El autor es pianista y profesor del Conservatorio Amadeo Roldán.
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