
Francesco Manara
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El multipremiado violinista italiano Francesco Manara, concertino de La Scala de Milán, se presentó en el habanero Teatro Auditórium Amadeo Roldán junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba dirigida por el Maestro Enrique Pérez Mesa en un programa reducido por fuerza mayor al Concierto para violín y orquesta, Opus 61, de Ludwig van Beethoven, pero que él generosamente alargó con varios encores ante el insistente aplauso del público, llenando a base de solos, el vacío de la oferta sinfónica, haciendo resonar su violín como una orquesta.
Así lo vimos pasando por encima de cualquier factor incidental, sintiendo y haciendo sentir la música que entregaba a mares, lo más importante en definitiva, proyectando su estirpe de verdadero artista. Y Beethoven renació en ese violín –un Guadagnini de 1773 en el que permanece vibrando hasta el mínimo pizzicatto-, aunque no es sólo la calidad del instrumento: es también el intérprete que lo toma, su pulida técnica, sensibilidad y dominio del lenguaje musical.
De esto brota un milagro que trasciende la mecánica del movimiento y el control en el roce de un arco, para generar una vibración libre de trabas físicas; y va más allá de la maestría en esos pasajes a dobles cuerdas tan bien controlados en afinación y con la presencia justa de cada melodía en su contrapunteo con la otra.
También, llega más allá de la justa interacción con una orquesta que estuvo muy bien acoplada en las intensidades, o en esa dualidad de precisión con fluidez en el manejo del tiempo, controlando en cada atril las afinaciones casi al absoluto y la limpieza de los ataques, incluso con la dinámica más débil, en la cual la batuta del Maestro Pérez Mesa logra sostener el pulso preciso, y el balance de las partes convertido en paleta de buen pintor para amalgamar colores tímbricos individuales o resultantes.
Pero, rebasando todavía ese sustrato físico del lenguaje musical, el arte de Manara es capaz de transportarnos a otra dimensión, la espiritual, si bien es un placentero ejercicio constatar cuánto influye en ello el dominio y buen labrado sonoro para configurar voces y planos melódicos en su justa ubicación.
Ciertamente Manara, jugando con la energía de vibraciones que se sienten en el aire, proyecta vibraciones afincadas muy a lo interior con otra carga expresiva que tiene sus momentos de meditación, o de comedido rejuego –como en esas partes fundamentalmente expositivas o de sostén formal— y sus momentos de mayor expansibilidad, como en las secciones más proclives al desarrollo y variación de motivos temáticos, o en las cadencias que se abren más ampulosas –y el intérprete escogió las de Fritz Kreisler para el concierto de Beethoven, y luego, añadió como encore a solo, del propio Kreisler, el Recitativo, Scherzo y Capricho, después de una Zarabanda, de Bach, cerrando con un Capricho, de Henry Wieniawski, cada vez más expansivo en sus horizontes desde el polo más calmo hasta el despliegue de un arte casi como de prestidigitación. Y más justo sería decir, de magia, pues bien nos hace sentir ante un ente dotado con el poder de la ubicuidad en esos momentos, donde responde al reto del compositor sosteniendo melodías distintas por dobles cuerdas, o montado sobre un saltarín juego con el arco, en el llamado spiccato volante, y arranca además otras notas en pizzicato, o le pone a éstos un acompañamiento en acordes arpegiados.
Ante tanto despliegue de virtuosismo, claridad y poder expresivo, pensaba en esa parte de la magia que es arte de prestidigitación y poder de sugestión proyectada en la consigna tantas veces dirigida al público: ¡el que más mira, menos ve!
Tratándose de Manara, sin embargo, mire y escuche, que todo el mundo lo oye bien.
Foto Vico Chamla
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