Unos meses después de creado y proclamado el Partido Revolucionario Cubano, y también su Delegado, José Martí no sólo comienza el periplo por las emigraciones, para unir voluntades dispersas y superar viejos rencores entre los patriotas, sino que a la Isla viajarán también los emisarios martianos.
Las ideas galopan por los campos y remontan el espacio de mar que separa Nueva York de la mayor de las Antillas, así va articulando Martí una red de trabajo silencioso, clandestino, en correspondencia con la estrategia de la guerra necesaria, y sus delegados trasladan a los conspiradores en la patria aquel ideario libertador, nacido no sólo desde la pasión, sino concebido como una revolución que conlleva sacrificio e independencia, justicia y soberanía, continuidad histórica del grito de la Demajagua, y de la Protesta de Baraguá, de todos los proyectos frustrados desde la propia Guerra Chiquita, para reiniciar la lucha en la manigua.
En agosto de 1892 escribe José Martí a su amigo y colaborador, José Dolores Poyo, figura clave dentro de la emigración revolucionaria en Norteamérica, y le anuncia que un comisionado suyo, el comandante Gerardo Castellanos, irá hasta Oriente, para iniciar un amplio recorrido desde Holguín.
Hay que domar la impaciencia, la fura y la ira de los cubanos, y organizar un movimiento logístico que brinde su apoyo a los planes de la insurrección, al proyecto de una guerra rápida y breve que irá dibujando en todos estos años.
Se ha confirmado la elección del Generalísimo Máximo Gómez para encabezar el Ejército Libertador. Y el oficio de la conspiración se impone, para vencer dentro y fuera de Cuba, el espionaje español.
La represión policial, cualquier indiscreción puede frustrar la obra revolucionaria que dirige el Maestro. Por eso insiste en que se evite toda manifestación pública de carácter armado, o formaciones con armas, o depósito de armas notoriamente cubano, o compras sueltas con destino conocido, a nosotros.
No se puede dar pretexto a las autoridades coloniales ni tampoco a las norteamericanas. Un telegrama suyo a los clubes floridanos les ordena suspender cualquier ejercicio de armas con objeto visible.
Bien conoce el peligro, y desde su talento de conspirador, orienta el trabajo de la emigración y de la Isla, va sembrando las bases de la guerra, mientras se despliega como ideólogo de la Revolución desde las páginas de Patria, en la tribuna pública, gracias a sus dotes de orador y sobre todo en su profuso epistolario. Su mensaje a Poyo es extensivo a todos los patriotas, un aviso que no puede desoírse: La red está bien tendida, y no hemos de caer en ella.
*La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí
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