Martí, Fermín Valdéz y Panchito Gómez Toro, Cayo Hueso 1894.
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A los 39 años de edad Martí conocería a un adolescente de sólo 16 años, a Francisco Gómez Toro, el mayor de los hijos varones del Generalísimo, cuando acudió, en el otoño de 1892, al reencuentro del viejo mambí.
En aquella tierra dominicana comenzaría aquel fructífero diálogo entre Martí y Panchito quien llegaría a cubrir el vacío de la ausencia de su hijo, José Francisco, y será su apoyo, meses más tarde, no sólo en la reconciliación que se produce entre los héroes, superiores a sus propias pasiones, desde la voluntad de ver la patria libre, sino y en el amplio periplo que realizará el Delegado por el Caribe y Centroamérica, donde visitará al General Antonio Maceo, dos años más tarde.
Por eso, desde el afecto filial que se siembra, escribe en diciembre de 1892, al joven Panchito: Nunca seré indigno de que me quieras, y tengo por honor entre honores el de haberte inspirado cariño, y haber visto de cerca la gloria de tu casa. ¡Ahora entiendo mejor la de tu padre! Era el hogar de Máximo Gómez y de su amorosa Manana, el de la dulce hija Clemencia y el de la traviesa Margarita, en el cual le abrumaron además el cariño de Urbano y Maxito. Es la añoranza de la familia y la felicidad.
Panchito considerará a Martí como su maestro, y en la despedida, cuando reticente dice adiós al padre en las playas dominicanas, y le arranca a su progenitor la promesa de compartir la misma suerte, en los campos de Cuba, también abraza al Apóstol que siente, desde el pecho, vibrar los latidos del muchacho, valeroso y altivo que les envidia…
Una vez, cuando el Generalísimo quiso comprobar los proyectos martianos, en medio de los preparativos, junto al soldado estaba Panchito, aquel mozo que espigaba rápido, crecía de cuerpo y espíritu, que ganaba la admiración de todos y, sobre todo, el cariño paternal de José Martí.
En difíciles y complejas misiones, callado y sobrio, más maduro de cuanto se podía imaginar a sus años, allí estuvo Panchito Gómez, emoción y sentimientos compartidos, en días y semanas que fueron poblados por la amistad, y en los que el Delegado, como hombre igualmente se sintió menos solo, al contar con aquel jovencito que podía ser su hijo, uno de los mayores tesoros del viejo Gómez.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |