Familia Gómez Toro
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Cuando regresa al diálogo personal, en la República Dominicana, con el Mayor general Máximo Gómez, a quien propone, en nombre del Partido Revolucionario Cubano, la jefatura del Ejército Libertador, desde septiembre de 1892, José Martí se encuentra no sólo con el legendario militar, con el héroe de las batallas, sino con el padre, el esposo amantísimo, con los hijos y la esposa de Máximo Gómez.
Estarán Urbano y también el pequeño Maxito, la tiernísima y benjamín de aquella camada, Margarita risueña y traviesa, el joven Panchito que hubiera querido para sí, desde el recuerdo doloroso de su propio y ausente José Francisco, y una adolescente de pureza singular, Clemencia, la mayor que, como Francisco, había nacido durante las acciones de la primera guerra, y en Cuba Libre.
El encuentro germinó en obra de amor y fe, aunando la voluntad del guerrero y del poeta, en la obra común de la revolución y la guerra necesaria, desde el germen de la amistad, esa que se fue construyendo, mes tras mes, hasta que ambos, y secundados por otros valerosos cubanos y un sencillo dominicano, Marcos del Rosario, enrumbaron hacia Cuba que estaba en pie, y en la manigua esperaba por sus jefes.
Se adentraba Martí en el escenario del amor filial, en el ideal palpable de una familia cuajada por la armonía, que sobrevivió las penas y los quebrantos, y se mantuvo firme y unida, tanto en la manigua como en el destierro, la misma que enterró a los hijos muertos por hambre y enfermedades, y sembró en sus hijos el amor por Cuba.
Era el hogar que además, era la Patria, como esperanza cierta, la que encontraba en los hijos del Generalísimo, desde los más pequeños, nacidos en tres décadas de exilio, como en los mayores, Clemencia y Panchito, los cubanos de la familia, aquellos que fueron para él reposo y cariño, como la cinta de seda azul que Clemencia le da, o el revólver que más tarde le regalará Panchito y que acompañará al Delegado, para desembarcar en Playita de Cajobabo y llegar hasta el combate de Dos Ríos.
Y, aquella cinta, la de la hija amantísima de Máximo Gómez, asimismo, estaría entre los efectos personales del Apóstol, cuando los soldados españoles registran su cuerpo inerme y encuentran la cinta azul ensangrentada, atravesada por el plomo y la muerte aquel 19 de mayo de 1895.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |