Desde la niñez y hasta su adultez, incluso cuando en medio de la mambisada, ya compartía la suerte de luchar, en los campos, por la independencia de su patria, José Martí jamás renunció al placer de la lectura, y así, la mayoría de las veces, en ediciones modestas, se adentraba en el universo, siempre con el deseo y la infinita curiosidad que lo caracterizaba, de introducirse en otros mundos, en otras vivencias, experiencias e ideas, porque él hizo de la lectura uno de los mayores placeres de la existencia.
Se afirma, y así lo subrayan sus biógrafos, que sus libros escolares provenían del auxilio de sus condiscípulos, en especial, de su fraterno Fermín Valdés Domínguez con quien compartió las aulas, y que encontró en la amplia y muy diversa biblioteca de su maestro, don Rafael María de Mendive, en el colegio donde estudiaba y vivía, ese diálogo que fecundó que le permitía a su fértil imaginación enriquecer sus horizontes, los de un humilde joven criollo de la segunda mitad del siglo XIX, en una Isla sometida al coloniaje, que no existía como nación.
Después, la palabra tanto escrita como desde el ejercicio vivo del diálogo y la oratoria, sería el instrumento para su vida, tanto en los planos más íntimos y personales como en su dimensión pública, ya que estamos ante uno de los ideólogos más abundantes, en su proyección como intelectual, de aquella centuria de oro de la cultura latinoamericana, fundacional para nuestra historia común.
Por eso, y en reiteradas oportunidades, meditó sobre la lectura, como vía del conocimiento y una actividad nada pasiva, sino bien creativa desde su propia condición gnoseológica, sin que olvidemos la presencia del sentido ético de su existencia que, como hombre y como artista, también proyectó sobre la lectura.
La emoción, ese descubrimiento del otro, y de otras realidades, por la vía de la lectura está como elemento clave de su fe en la lectura, medio que le permite al ser humano ampliar sus propios límites y penetrar hacia el infinito espacio del conocimiento, que en su perspectiva política y cultural, en el ámbito de América Latina, ganaba martianamente en trascendencia y que nos revela esa dimensión que dio a la lectura, como un proceso ininterrumpido de humanización del hombre, en cuanto a especie, desde el concepto de asumir la lectura como instrumento epistemológico del diálogo con la naturaleza y la sociedad, de ahí su apotegma: Leer es trabajar.
Y está afirmación destaca, puntualmente además, que para Martí la lectura es un medio activo, y siempre enriquecedor, por eso cuando asume la función de escritor y periodista, crece en él la responsabilidad de llevar a sus potenciales lectores, como lo hizo en sus crónicas y especialmente en los cuatro números de su revista para la infancia, La edad de oro, a vivir y descubrir la maravilla del universo.
Disfrute del placer, y enriquecimiento que es la amplitud del conocimiento, al introducirnos en el campo diverso de la información, necesidad de dominio de los medios de la comunicación para invitar al lector, se manifiestan en la obra misma de Martí, quien fue asimismo un instrumento vivo de aquella voluntad suya de compartir con otros, con nosotros, el placer de leer.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |