Martí y Máximo Gómez
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En los últimos meses de su vida, esa que sólo llegaría a extenderse por 42 años, tres meses y 19 días, José Martí debió vencer también un mar de pasiones humanas y de dificultades.
El año de 1895 era decisivo para sus planes, debía finalmente producirse la llegada unánime de las tres expediciones y dar inicio a una guerra que él sabía tenía la urgencia no sólo de los problemas internos del país, sino que se contextualizaba en un escenario político internacional de mayor complejidad.
Por eso, y luego de firmar la orden de alzamiento que envió a su fraterno Juan Gualberto Gómez, partió el Delegado del Partido Revolucionario Cubano en pos de Máximo Gómez, para puntualizar los últimos detalles, redactar el manifiesto de la Revolución y asumir la historia como protagonistas, para reunirse los jefes con el mambisado en la Isla.
Así, llega finalmente tras de varios viajes por el rosario antillano, a Cabo Haitiano y posteriormente, se traslada a Santo Domingo, es decir, a la República Dominicana, donde se reúne con el Generalísimo el 7 de febrero y ambos comienzan la titánica labor de enrumbar hacia Cuba…
Y el 24 de febrero arde la manigua. Comienza la tercera guerra de independencia. Dos días más tarde, Martí recibe el cable con la noticia. El mismo lo ha dicho, lo ha escrito al Mayor general Antonio Maceo: hay que ir aunque sea en una uña.
El sueño de toda su vida se hace realidad, Cuba está en guerra por la libertad, y él fue el gestor de tal hazaña. Y aunque se concentra en la redacción del programa revolucionario que se conocerá como Manifiesto de Montecristi, y orienta incluso a la emigración, dirige virtualmente Patria desde otras tierras, su mayor energía se dedica, junto a Máximo Gómez, en encontrar los medios para incorporarse a las filas del Ejército Libertador, aunque todavía en febrero deberá esperar, con la angustia y la premura hasta que ambos, junto a otros héroes, desembarquen en Playita.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |