Foto: Raúl Roa García |
Siempre habrá lugar para la vieja, la muy vieja polémica de si la literatura debe o no debe, puede o no puede, ser aséptica o comprometida; para decidir si tal o más cual escritor fue mejor o peor por el hecho de que su obra reflejara, en mayor o menor medida, con más o menos claridad, intencionadamente o de pasada, las grandes preocupaciones de su tiempo.
¿Debe un escritor denunciar lo que considera injusto, oprobioso e inmoral? ¿Debe dar lecciones? ¿Debe proponerse soluciones? ¿O puede quedarse en su torre de marfil en el mundo más o menos luminoso que se ha inventado?
¿Será mejor o peor escritor por eso? ¿Qué hay del compromiso social del escritor? ¿Dónde termina el poema y dónde comienza el panfleto?
¿Es ético evadirse cuando corren tiempos decisivos para nuestros contemporáneos, para nosotros mismos? ¿La evasión puede llegar a ser, en alguna medida, una forma de resistencia? ¿Se puede ayudar a cambiar el mundo desde la literatura?
Son demasiadas preguntas y cada una tiene muchas respuestas. Raúl Roa García (1907-1982), escritor de estirpe, polemista preclaro, intelectual criollísimo, las respondió en su momento. Leo en las páginas del suplemento literario El tintero, del diario Juventud Rebelde, un artículo que lo cita.
Decía Roa: “Importa puntualizar que nunca figuré entre los cultivadores de la escritura aséptica y, por ende, evadida o desarraigada. La única válida ayer, hoy, ahora y siempre es la escritura comprometida con el cuerpo de ideas transformadoras de la estructura y del contenido de la vida de su época, en beneficio de las clases sociales explotadas y oprimidas.
“Un cuerpo de ideas, en suma, que ataque la raíz de la injusticia, de la opresión, de la miseria, del privilegio y de la tiniebla. No se salva ni perdura la literatura que sea mera espuma de virtuosismo profesional, por acendrado que parezca. Sálvese o perdure la literatura y el arte que es testimonio o profesión de fe.”
Han pasado muchas décadas de esta declaración de principios de Roa. A algunos les parecerá que estas palabras son demasiado absolutas.
¿No puede ser buena literatura, para siempre, un sencillo y apolítico poema de amor? Claro que sí, y los ejemplos sobran. Pero quizá no hemos alcanzado a comprender la dimensión ética del planteamiento de Roa: la buena literatura siempre es testimonio de fe en el ser humano, en el mejoramiento del hombre.
La buena literatura abre caminos, ilumina, emancipa. La buena literatura siempre es revolucionaria, en el más abarcador sentido de la palabra.
Pero incluso, analizando con visión quizá más estrecha las palabras de Roa, mucho respeto nos siguen mereciendo: si el escritor, el buen escritor, decide hacer suyas las reivindicaciones de su pueblo, la lucha por su independencia y dignidad, si el buen escritor convierte la palabra en arma de combate por la justicia y la verdad, es doblemente bueno: por artista y por ser humano.
Afortunadamente los hombres que pueden escribir el poema suave y cálido de amor, también saben, quieren y pueden escribir el poema vivo de una nación que lucha por la libertad.
Fuente / Programa Libros y Letras
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