Al concluir la edición treinta del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, el público pudo aproximarse, nuevamente y desde las 24 imágenes por segundo, a la mítica figura de Alberto Yarini, gracias a la revisitación del cineasta y teleasta cubano Ernesto Daranas y de su premiada opera prima Los dioses rotos.
Pero, ese referente cultural, que lo es desde el siglo XX, y que ha inspirado a otros creadores, entre los que sobresale ese clásico del teatro, Réquiem por Yarini de Carlos Felipe, también fue objeto y sujeto de un libro de la poetisa y ensayista Dulcila Cañizares: San Isidro 1910. Alberto Yarini y su época, publicado y reeditado por la Editorial Letras Cubanas.
Así, el mito de ayer, que todavía pervive en el imaginario habanero, se traduce en un estudio de caso, en la exploración de la memoria para intentar atrapar la verdadera historia y los conflictos de aquel Alberto Yarini Ponce de León, (joven de una familia ilustre, evoco a su hermana, profesora nuestra en la Universidad de La Habana), transformado en “el gallo de San Isidro” entre proxenetas, zona de tolerancia, y los turbios entramados de la política, en aquellas primeras décadas de la república, su duelo con el francés Louis Letot, la pasión de las mujeres, un universo hoy signado por la marginalidad, que late entre las piedras de un barrio capitalino (ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad), semblanza de toda una época, que Dulcila Cañizares recrea, sin desmentir sus fuentes primarias ni los testimonios, que aspira a un diálogo con la historia, que tiene aún potencialidades para nuevas lecturas, desde diferentes perspectivas culturales y sicosociales, como las propuestas por Daranas en su filme, y por Cañizares en el texto que, desde su escritura, logra atrapar la atmósfera, como si el tiempo se hubiera detenido y fuéramos a recorrer aquellos espacios, invitados por el placer y el enigma.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |