Casa museo Hurón Azul
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Comenzaba mayo de 1957, el mes en que la primavera nutre el paisaje con sus mejores tonos, cuando murió, a los 56 años, el pintor cubano Carlos Enríquez Galope, leyenda en La Habana no sólo por su obra vanguardista, reconocida internacionalmente, sino por el aura de extravagancias y misterios que rodearon su vida.
Lugar especial en aquellos mitos tejidos por el hablar del pueblo, ocupa su hogar, en el capitalino barrio de Párraga, que creó a su modo de decir y hacer, lleno de fantasías y fantasmas.
La herencia paterna le otorgó la posibilidad de comprar un terreno y construir su vivienda en una finca pequeña en las afueras de La Habana.
A Carlos se le ocurrió edificar una casa de madera a la manera de una estación de trenes de Pennsylvania, en los Estados Unidos. La fue levantado poco a poco, con materiales comprados a muy bajo costo.
No resultó una residencia lujosa, pero si peculiar, pues le incorporó elementos de la arquitectura colonial cubana en rara armonía.
Vitrales, rejas y tejas le dieron sentido al nuevo hogar del pintor, ya entonces famoso en los círculos del arte de Cuba y de otros países.
Allí, en aquella casa azul, creó la mayor parte de sus obras pictóricas y narraciones.
Allí tuvo amores conocidos y no, allí reunió a importantes nombres de la intelectualidad cubana de la época, de manera espontánea, porque lo respetaban y querían e iban a verlo a pesar de la lejanía.
En uno de aquellos primeros días de 1939, cuando pudo mudarse para su morada de Párraga, el pintor adquirió una piel de hurón y la pintó de azul.
Desde entonces, la casa fue bautizada como El Hurón Azul, nombre que preserva el Museo que existe desde 1987 en el célebre sitio.
Era un hogar sencillo el de este hombre de mirada profunda, que atraía a las damas por su misterio, extravagancia y rebeldía.
Muchas de ellas estuvieron en el Hurón Azul. Una francesa llamada Eva, traída de Paris por un célebre escritor ya fallecido, fue uno de sus grandes amores.
Inmortalizada está, desnuda, en una puerta de zinc que conduce al baño de la vivienda construida, a escala humana, pues solo poseía lo indispensable para crear y vivir.
El estudio, en los altos, como si el espíritu del artista, que rompió con los cánones tradicionales de la academia para crear un nuevo estilo, precisara de una atmósfera silenciosa y solitaria.
La también llamada Casa de las Maravillas de Carlos Enríquez carecía de lujos triviales. Sus elementos más atractivos radican en un medio punto, una chimenea y los grandes ventanales orientados hacia el Norte.
Dicen quienes aún recuerdan la época, que nunca estaba vacía pues los amigos del pintor iban y venían en una procesión sin fin.
Era habitual recibirlos con ron y comida criolla, antesala de discusiones sobre arte y literatura.
Incluso el jardinero a cargo de los árboles y flores que Carlos Enríquez sembró en el entorno, bordó un camino con los fondos de las botellas consumidas a lo largo de meses y años.
Entre los más cercanos al pintor y escritor estaban Félix Pita Rodríguez, Alejo Carpentier, Marcelo Pogolotti, Nicolás Guillén, René Portocarrero, Agustín Guerra y Fidelio Ponce.
Para los amigos, la biblioteca era fuente de luz. Se reunían en ella para compartir las charlas, además de los libros del pintor, pues abundaba la literatura más moderna, mucha procedente de Europa, donde Carlos Enríquez vivió durante años, especialmente en París.
Las tendencias surrealistas y sus autores formaban parte de la colección, compartida con los precursores de otras corrientes artísticas.
Los jardines eran asimismo, sitio apropiado para aquellas discusiones protegidas por la clandestinidad de la noche.
El hogar de Carlos Enríquez es una mirada a su espíritu y creatividad artística. El espacio se amoldó a sus gustos, y fue el taller inspirador de algunas de sus obras más célebres.
Una reja de estilo colonial rematada por una cubierta a dos aguas de tejas rojas criollas da paso a la vivienda.
Sensualidad, sorpresas, delirios: todo en un lugar no muy amplio, apenas de tres grandes habitaciones, a las que se llega al traspasar la puerta azul de madera.
En ella colgó siempre la piel del hurón pintada de azul, dando entrada al mundo mágico del autor de El Rapto de las mulatas, una de sus piezas más famosas, junto con La Lola en el Pueblo y Martí Rebelde, Radiografía y Campesinos felices.
Sobre la puerta hay una cábala de bienvenida que dice: Bóveda celeste, mientras Urano, Marte y Júpiter contemplan al visitante con una risa burlona.
Hacedor de travesuras, un vitral situado al fondo de la cocina-comedor devuelve multiplicados los juegos de colores, luces y sombras que se deslizan sobre un mural de ambiente tropical que abarca la totalidad de una pared. La chimenea, inexplicable en el trópico, contrasta en aquel ambiente de calores y humos.
Una escalera de madera conduce al estudio. En ella aparecen las huellas de unos pies, quizás los del propio pintor, como si alguien siempre estuviera subiendo los escalones.
En la primera sala del actual museo se presentan varias de las 139 obras pictóricas en exhibición, además de parte de su nutrida biblioteca.
En la segunda, resalta su obra literaria, entre ellos el cuento La Fuga y la novela Tilín García, con apuntes sobre los viajes que realizó, y documentos que definen sus metas pictóricas.
En la tercera sala de la planta baja se exhiben algunos objetos personales, así como el fogón original, el baño, algunas piezas plásticas y documentos.
En la planta superior se recoge una panorámica de los diferentes temas y momentos de la labor artística de Carlos Enríquez: se destacan el Autorretrato, Herrería, Rincón, y Retrato de Nena.
El Hurón Azul se restauró, tratando de proteger la intimidad y el desasosiego espiritual de aquel gran artista, fallecido el 2 de mayo de 1957.
El 20 de octubre del 2000, en el Día de la Cultura Cubana, el hogar de Carlos Enríquez, con su carga de misterios, sensualidad, respiraciones ocultas, fue declarado Monumento Nacional.
Durante el 2007, dedicado a recordarlo, en el aniversario 50 de su desaparición física, el Hurón Azul es sede de importantes eventos culturales del país.
Así, el homenaje para el maestro que pintó con sello original e irrepetible, en el que la cubanía desborda erotismo en trazos, colores y ambientes.
Brindemos, con un buen ron cubano, a su memoria, quizás en los jardines por donde merodea, según comentan, su delgada figura.
Foto http://www.cnpc.cult.cu/cnpc/museos/site%20huron/index.htm
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