José de la Luz y Caballero
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El Instituto Superior Pedagógico José de la Luz y Caballero de la provincia de Holguín llega a la edad privilegiada y madura de 40 años con el orgullo de formar y superar a miles de docentes.
La historia de la institución que abrió sus puertas el 4 de noviembre de 1968 se relaciona con la propia evolución de la Revolución Educacional iniciada el primero de enero de 1959 y de la cual el centro es un producto genuino.
Objetivos estratégicos, contenido y directrices principales, en sus diferentes momentos de desarrollo, y las necesidades derivadas de su contextualización en el territorio, delinean la misión y tareas de la institución en cada una de las etapas de su vida.
Se distinguen cuatro períodos relevantes como son el nacimiento y despegue, de 1968 a 1976; institucionalización y expansión, de 1976 a 1993; integración al territorio, de 1993 a 2002 y universalización de la educación superior pedagógica desde 2002 a la fecha.
Con una matrícula superior a los once mil 300 estudiantes y la labor de unos 6 mil profesores a tiempo completo y parcial, la universidad pedagógica José de la Luz y Caballero inició el curso 2007-2008, con la prioridad de contribuir a aumentar el aprendizaje en las escuelas objetivo que lo enaltece y evoca el nombre del pedagogo por el cual se conoce.
La estrategia conjunta con el Ministerio de Educación Superior relacionada con el sistema de trabajo metodológico, la superación de docentes y directivos y una más eficaz orientación hacia el ingreso de carreras pedagógicas son prioridades actuales del centro. Unido a la atención del plan de matrículas, el Pedagógico valora la importancia de aumentar su eficiencia, parámetro que mide la cantidad de alumnos que llegan a graduarse.
Una de las acciones más significativas lo constituye el desarrollo de la maestría masiva en Ciencias de la Educación, oportunidad de superación brindada desde hace dos cursos a todos los egresados, encaminada a la preparación y calificación del personal docente con vistas a alcanzar la excelencia educacional.
En el actual curso escolar, el Instituto cuenta con 17 sedes pedagógicas y más de 800 micro-universidades como parte de la expansión de los conocimientos.
José de la Luz y Caballero: un pedagogo de avanzada
José Martí lo llamó el silencioso fundador, Enrique José Varona dijo de él: era el pensador de ideas más profundas y originales conque se honra el nuevo mundo.
José de la Luz y Caballero fue considerado maestro por excelencia y formador de conciencias que engrandeció el sentido de la nacionalidad cubana.
Nació en casa patricia y clerical, en La Habana, el 11 de julio de 1800. Su madre, doña Manuela Caballero era mujer de recio carácter; su padre Antonio de la Luz, además de Teniente Coronel de las Milicias y Regidor perpetuo del Ayuntamiento de la ciudad, era dueño de un ingenio azucarero con su correspondiente dotación de esclavos.
Debió haber sido muy influyente en su formación un tío presbítero: José Agustín Caballero, profesor del Seminario de San Carlos y promotor de la renovación de la enseñanza filosófica en Cuba y de la autonomía para la Isla.
A los doce años, José comenzó estudios de filosofía en el convento de San Francisco. En la universidad terminaría el grado de bachiller en artes, estudios que llevaría de modo paralelo a sus inclinaciones en el sacerdocio pues recibía las órdenes menores que lo llevarían a la carrera clerical. Según algunos biógrafos, por aquellos años se enamoró de la hija de los Condes de Jibacoa; aquellos amores fugaces tuvieron que ver, sin dudas, en el abandono de su vocación eclesiástica.
Tal vez su obra más sorprendente haya sido sus Aforismos, notas breves que fue escribiendo durante su vida, datos y observaciones relacionados con todo lo que le llamaba la atención. Pensamientos religiosos, científicos, humanos, que en muchos casos logran alcanzar un profundo misticismo como: El amor es la elevación de todas nuestras potencias a la última potencia.
Sin embargo existen otros creados por él, no menos contundentes: Solo la verdad nos pondrá la toga viril; Para todo se necesita ciencia y conciencia; Es menester impacientarse y no impacientarse: lo primero para madurar la fruta; lo segundo, porque ha de madurar; Hombres más que instituciones suelen necesitar los pueblos para tener instituciones, y cuando se necesitan los echa al mundo la providencia; Antes quisiera ver yo desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral.
Sin manipular en un laboratorio no se aprende Química. Sin un buen profesor que ilustre las materias, no se aclaran ciertos puntos matemáticos. Sin la viva voz del maestro no se pronuncia bien una lengua extraña, escribió.
El núcleo del pensamiento pedagógico lo constituye la enseñanza elemental, puesto que para él la educación primaria era la piedra angular del edificio. Sabía que en ella estaba el futuro del país. No fue casual que de las aulas del colegio El Salvador salieran patriotas como Manuel Sanguily, y cubanos destacados por su saber y valores ciudadanos como Piñeyro y otros.
Luz propuso reformar la enseñanza desde la escuela primaria hasta la universidad. Censuró la ausencia de sistematicidad en el trabajo didáctico con los alumnos, que provocaba la falta de interés por el estudio; el divorcio entre la teoría y la práctica; la utilización de medios de enseñanza caducos, entre otros. Planteó, como vías de solución: adecuar el contenido de la enseñanza a las necesidades del país, proporcionar a la enseñanza un carácter práctico, vincular la teoría con la práctica y elevar la calidad de los maestros.
Para Luz el alma de la escuela era el maestro. Por eso realizó un destacado trabajo metodológico -que incluyó observación y discusión de las clases que Luz daba en el nivel primario- para adiestrarlos en el empleo de los métodos de enseñanza que introdujo en el plantel. Continuó la educación patriótica iniciada por el Padre Félix Varela, y fomentó el estudio de obras literarias cubanas que permitían exaltar los méritos de nuestros hombres y la belleza de nuestros campos. Todo esto contribuía al desarrollo de la conciencia nacional.
Explicaba a los maestros que la actividad del estudio influía en la formación de costumbres y conceptos morales y se esforzó en hacerles comprender la necesidad de educar los sentimientos, la sensibilidad humana. Sin sentimientos -afirmó- no había motivos para el pensamiento ni para la acción.
Escribió un libro de lectura graduada para ejercitar el método explicativo que incluía lecturas dirigidas a formar en los niños costumbres y valores morales universales: la sencillez, la sinceridad, el amor al trabajo, el respeto a los mayores y el sentido del deber.
Para él, la fraternidad humana era sinónimo de amor, igualdad y justicia entre los hombres. El sentimiento de justicia era el sol del mundo moral; quien veía en silencio una injusticia -afirmó- se convertía en cómplice de ella.
El hombre, según palabras de Luz, debía pensar para obrar; pero también para no obrar. Por otra parte, confesar la propia falta era, para él, la mayor de las grandezas. Combatió la indiferencia, el egoísmo y la envidia como rasgos negativos de la personalidad. Consecuentemente con estos principios y valores morales, rechazó honores personales y cargos públicos que, aunque le proporcionarían ventajas materiales significativas, le apartarían de su misión social.
De Luz, dijo Varela, que era inmejorable hijo y amigo. Y es que para Luz, la amistad fuerte, sincera y valiente era un sentimiento que hacía hombre al hombre. Don Pepe fue para Martí, el silencioso fundador, el sembrador de hombres.
José de la Luz y Caballero fue el pedagogo cubano más notable del siglo XIX. Abrió el camino de la verdad científica y despertó el entusiasmo por ella. Hizo interesantes y valiosas indicaciones para la enseñanza de la historia. Consideró que el contenido de esta disciplina era, principalmente, político y moral. Creía necesario enseñar al niño a analizar los aspectos positivos y negativos cuando estudiaban una biografía o hecho histórico. Insistió en la necesidad de establecer las relaciones entre los hechos históricos, analizando el porqué de las cosas.
La esencia de la educación era, para Luz, preparar al niño para la vida ciudadana, para ser útil a la Patria, a la sociedad, a la familia y a sí mismo. Para lograrlo, la enseñanza -que consideró un proceso- debía proporcionar a los niños y jóvenes, no sólo instrucción sino además convicciones morales, ideológicas, patrióticas; amor y respeto hacia la belleza en sus diversas manifestaciones, una conducta culta, hábitos higiénicos.
Luz reconoció y fundamentó el carácter educativo de la enseñanza y la función ejemplificante del maestro. Instruir puede cualquiera -decía -, educar, sólo quien sea un Evangelio vivo. Sentencia vigente para todos los tiempos.