Mujeres habaneras inmortalizadas por sus amores
Por: Lídice Valenzuela
Foto: La Milagrosa
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Más allá de los años y de la muerte, tres mujeres habaneras: Amelia de la Hoz Ginory, Catalina Lazo y Margarita Pacheco continúan vivas en sus amores, gracias a sus esposos, quienes las adoraron en vida y las perpetuaron en la Necrópolis de Colón.
Amelia, la más conocida entre la población, pasó a la posteridad como La Milagrosa. Nacida en una familia de clase media en 1879, su alegría mayor fue su esposo y primo, José Vicente Adot y Rabell, un joven que dejó atrás las bondades citadinas para adentrarse en la guerra de Independencia de Cuba, en 1895.
Tras retornar a La Habana con los grados de Capitán del Ejército Libertador, los jóvenes unieron sus vidas. Ya aceptado él por la familia, pronto la naturaleza les premió con un embarazo.
Sin embargo, la felicidad les duró poco. Un año después, Amelia fallecía durante un parto prematuro víctima de un ataque de eclampsia; su hija tampoco sobrevivió. La tragedia se ensañó cuando apenas los dos cónyuges tenían 24 años de edad
Inhumada Amelia, el 3 de mayo de 1901, José Vicente -desde entonces y hasta su muerte vestido de riguroso luto- acudía cada día, muy temprano en la mañana, a visitar la modesta tumba de su esposa. Tocaba la segunda aldaba de la parte derecha del sepulcro tres veces, como quien pretendía despertar a su amada.
Sin darle nunca la espalda a la tumba en señal de respeto, y luego de conversar con Amelia los agobios que le pesaban, el esposo se retiraba a su trabajo. En 1909, el infortunado esposo colocó una estatua de Amelia en mármol de Carrara, con su hija en brazos, esculpida en Italia por uno de sus amigos.
Muchos curiosos que visitaban la Necrópolis comenzaron a imitarlo en sus ir y venir en torno a la tumba, y a pesar de sus protestas cada día llegaban más personas. Cuando José Vicente murió en 1941, ya la fama de santa de la mujer rebasaba los límites de La Habana.
Cuenta la leyenda popular que cuando los restos fueron inhumados, Amelia, a quien habían enterrado con la niña entre las dos piernas, como era la costumbre entonces, la tenía en su regazo.
Desde que se conoció la historia, no sólo gestantes que querían conservar sus embarazos visitaban el lugar, ahora considerado sagrado; sino personas que necesitaban los milagros de aquella joven, cuyo único deseo, en vida, fue ser feliz.
Otra habanera, Catalina Lasa, también es conocida por el devoto amor de quien fuera su verdadero amor, el rico hacendado Juan Pedro Baró.
Catalina, de la alta aristocracia habanera, contrajo primeras nupcias con Luís Estévez Abreu, hijo de la conocida patriota villaclareña Marta Abreu y de Luís Estévez Romero, primer vicepresidente de la naciente república cubana.
Aunque se supone que el matrimonio se consumó por amor, lo cierto es que Catalina se enamoró, y fue correspondida, aún casada con Luis Estévez, del joven Baró.
La pasión que sentían hizo que la joven aristócrata rompiera al menos, en lo formal, su matrimonio; dejando a la familia Estévez envuelta en el escándalo y la humillación.
Acechada por la alta sociedad habanera, la pareja se refugió en Europa. Viajaron a Roma y visitaron al Papa, quien deshizo el lazo matrimonial de ella, a fin de que pudieran consumar legalmente su unión.
Vueltos a La Habana, Catalina y Juan Pedro se casaron, y el le regaló una residencia en la aristocrática barriada del Vedado, considerada la primera muestra de estilo Art-Decó en Cuba. El amor de Juan Pedro era tan grande que ordenó a floricultores la creación de una rosa, del color amarillo preferido por su esposa, y que fue bautizada como Catalina Lasa. La flor, que aún se cultiva en los jardines cubanos, es de pétalo ancho y puntiagudo.
La salud de Catalina era precaria, y a pesar de los esfuerzos del enamorado esposo, y de médicos europeos, la mujer falleció en diciembre de 1930.
El consuelo de aquel hombre de fortuna fue erigirle un sepulcro digno de una reina, en el que ambos descansaran juntos para siempre. Escogió un terreno justamente frente al Panteón de los Bomberos, el último y extraordinario monumento erigido por España en la Necrópolis de Colón. Mandó plantar en la entrada del sepulcro de Catalina dos palmas reales para que cuando crecieran, tal como ocurrió, fueran más grandes que el escudo español.
El costoso panteón de los Baró incluso reproduce, en vitrales, la rosa tan amada por la esposa y, a determinada hora del día, los reflejos de luz caen sobre la tumba de Catalina, recordándole el amor perpetuo de su amante marido.
A diferencia de la visitada tumba de Amelia, y la riqueza de la de Catalina, la tumba de Margarita Pacheco, erigida por su esposo Modesto, es un símbolo de la alegría que produjo en aquella pareja conocerse y amarse. Él, mayor, acostumbraba tocar el violín para ella, muy joven.
La tumba de Margarita es sencilla. Ubicada en el Cuartel Sureste, cuadro 10 de Campo Común, Modesto fue construyendo, con sus módicos ahorros de maestro de escuela, un refugio para departir con su amada, muerta en 1959 a los 39 años.
El enamorado marido levantó un muro coronado con los rostros de él y de Margarita, en tanto la vasta losa fue grabada con dos elocuentes epitafios. También hizo construir un banco, en el que se sentaba varias veces a la semana para tocar en el violín las piezas preferidas de la esposa.
Hoy –aún- músicos que conocieron esta bella historia de amor, y no quisieron dejar perder la tradición de Modesto de interpretar las más bellas músicas, siguen visitando la tumba de Margarita, en un homenaje de amor eterno.
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