Foto: Imagen del documental Wallmapu, de Jeanette Paillán.
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Los últimos tiempos destacan un nuevo término, ante un nuevo tipo de quehacer cinematográfico: el llamado cine indígena, que tuviera merecido espacio en el apartado Cámaras de la diversidad cultural, de la recién finalizada 6. Muestra Nacional de Nuevos Realizadores; lo cual aplaudo.
Mi primera idea es repensar el termino desde una antropología visual, que últimamente aparece en diversos lugares ―revistas, sitios Web, y parece servir más para designar un tipo de cine como si fuera un reciente producto, un moderno modo de hacer, dándole protagonismo o participación a los que hasta ahora no han tenido ni voz ni voto, y que -sin embargo- como bien afirma Eric Wolf, han llevado el peso de la historia;pero cargado de prejuicios y marginalidad.
Este nuevo concepto, resulta cual espaldarazo a un ya viejo tipo de cine bajo la presentación de otra cara más atractiva.
Las primeras filmaciones y registros fotográficos que se refieren al otro cultural fueron promovidas y desarrolladas por científicos, principalmente arqueólogos extranjeros que trabajaban explorando regiones extensas del hábitat de viejas civilizaciones prehispánicas, muchas de ellas extinguidas por diversos procesos históricos.
Luego seguirían los misioneros religiosos. Pero desde la década del 1950 ya hubo antropólogos que pusieron la cámara en las propias manos de los nativos de pueblos atrasados para que ellos filmaran sus propias vidas.
Ya no era la mirada, desde la subjetividad o construcción del sujeto-objeto, sino la del sujeto-sujeto; o sea, en este caso, el objeto de representación que es también sujeto representado y sujeto representante.
Desde hace un largo tiempo a este tipo de cine se le llama cine etnográfico o cine antropológico, según el caso. Existen comunidades, pueblos, que realizan sus propios trabajos científicos, filmando sus tradiciones, costumbres, creencias y problemáticas actuales. Así están los filmes del Alto Biobío, Wirarün o la serie antropo-visiones de los investigadores del CIESAS, entre una larga lista que no tendría lugar en tan poco espacio.
El cine indígena, es una expresión peyorativa como tal. Pero no es la única, también existen entre otras. Es como la de designar
primitivos a pueblos con diferentes culturas, en nada comprensible para el pensamiento occidental.
Por otro lado, observar o tratar al cine etnográfico como subgénero, contiene una mirada reduccionista que no lleva a ningún lado; por el contrario, socava la incomprensión y el entendimiento hacia esta forma de hacer cine dentro del género documental.
En fin, el llamado cine indígena, no es más que una nueva etiqueta a una vieja, desconocida y desvalorada cinematografía.