Historia de un ballet (Suite Yoruba)
|
Un cambio radical en el tema de la religión dentro de la cinematografía cubana se origina a partir del primero de enero de 1959; y seguidamente, de la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), primer organismo cultural creado por la Revolución, el 24 de marzo de ese año.
Cuba se propone entre sus principales objetivos: eliminar las diferencias sociales y mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, en general. Los cambios se realizan en todos los aspectos nacionales y encuentran las reformas un respaldo unánime en el pueblo.
Años de verdadera convulsión histórica marcadas por los cambios efectuados a nivel social, económico y político, se traducen en un ansia de emancipación en todos los órdenes. Un crecimiento. Un nuevo cubano nace, y la cultura es la mejor forma de expresarlo.
Para entonces, en 1962, parece que al fin se rompería la marcada conceptualidad de lo negro gracias a un documental de José Massip Historia de un ballet (Suite Yoruba), en el que los bailarines del Teatro Nacional de Cuba presentan un wemilere, una historia entre Changó y Oggún expresada a través de la danza.
Ya no es la rumba ni el guaguancó los ritmos que se utilizan en el cine para aparentar una apertura de mente hacia la cultura del negro, ahora es la danza, desde rigores estéticos. Es como elevar esa cultura a planos espirituales superiores.
Bernabé Hernández (1938) en el documental Abakúa describe la sociedad secreta de los negros, fundada en el siglo XIX, según texto original, y el aporte de su música ritual al folclor cubano. Es así como después de tantos años de silencio el tema de la cultura del negro y la religión, son arrancadas del ostracismo y devueltas a las pantallas... para engavetarlo después.
Prosigue el silencio por otro tiempo más. Y se rompe cuando un joven documentalista incursiona en el tema. Octavio Cortázar realiza Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú (1967).
En esta obra de 20 minutos, el autor filma la celebración del Día de San Lázaro, peregrinación de creyentes católicos y de las religiones africanas, en el cual se muestran además, opiniones constreñidas por discursos monolíticos, lamentablemente. Al final, el cineasta plantea el análisis desde la relación con la antigua estructura social del país (analfabetismo, oscurantismo, superstición).
Aparece la opera prima de José Massip (1928), La decisión (1964), que no hace una disección del conflicto racial: lo esboza y disuelve con tono falsamente existencialista en una historia ubicada antes de 1959.
Luego se muestra nuevamente la temática en el cine cubano, a partir de una fuente literaria, que siempre resulta más cautivadora, Cimarrón (1967) de Sergio Giral, de sólo 16 minutos, basado en la novela Biografía de un cimarrón (1966), del escritor y etnógrafo Miguel Barnet (1940).
Así surge la figura del negro, más no la religión que hablamos. Llega la década del setenta abriendo sus puertas a largometrajes y documentales sobre la discriminación racial y las antiguas clases sociales de explotación existentes en la Isla.
Si bien el negro y su historia pasan a ser un punto de mira en las nuevas producciones, tampoco se analiza o profundiza la marginación del mismo.
La producción de aquellos años prioriza temas relacionados con otras capas sociales explotadas como el carbonero, el cazador de cocodrilos, los pescadores, el campesino, etcétera.
En este período, el negro tratado como personaje integrado en una nueva sociedad más abierta y justa, pero no aparece delineado, muchísimo menos se expone la religión.
Como todo proceso social que necesita cambios, estos no actúan en todos los campos de forma igual, radical a la comprensión ni a otros conocimientos. Largos años de prejuicio representan una gran carga histórica cultural sobre los hombros de una sociedad.
En la década del setenta el cine continúa sin afrontar verticalmente este aspecto; sin embargo, gira sus ojos al asunto de la esclavitud y recrea los siglos XVIII y XIX.
De cierta manera
|
Tan solo una persona tomó desde otro ángulo el motivo del negro y su exclusión. La realizadora Sara Gómez (1933-1974) quien en su corta vida hizo algunos documentales como Iré a Santiago (1964), Guanabacoa: Crónica de mi familia (1966),...Y tenemos sabor (1967) y Una isla para Miguel (1968) entre otros. Su único largometraje de ficción es De cierta manera.
A esta época pertenecen algunas adaptaciones de novelas importantes con transpolaciones evidentes de los conceptos políticos de la segunda mitad del siglo XX. El otro Francisco (1974), de Sergio Giral; La última cena (1976), de Tomás Gutiérrez Alea.
Otros títulos con argumentos propios son Rancheador (1976) y Maluala (1979), también de Giral, en ambas se recrean historias de esclavitud, grillete, sangre y muerte, y mucho menos llevado (sólo como soporte de una secuencia) alguna escena como un guiño hacia la religión.
Por estos años vemos que nada más se producen dos documentales con la temática de la cultura yoruba, uno es Sulkary y el otro Okantomi, ambos de Melchor Casals (1939), filmados en 1974.
El primero es el único documental que con tal materia obtiene un premio cinematográfico internacional, este es el Certificado al Mérito en el Festival Internacional de Cine de Guyana en 1976. En esta obra, Casals toma la danza como manifestación para dejarnos una inspiración plástica, tomando el folclor afrocubano, tres parejas interpretan la danza de la fecundidad.
El segundo, refleja a través de la danza las características rituales, según su auto, en el cual una pareja se busca, se encuentra y se une en la plenitud del amor. Volvemos a lo que me refería inicialmente sobre la intencionalidad plástica en la realización de una obra como recurrente en el cine cubano.
Los ochenta propone un título más comprometido, con mayores pretensiones investigativas Altar de Cruz (1980) de Santiago Villafuerte (1937), el autor para este trabajo de 14 minutos indagó sobre el origen y las motivaciones de la fiesta religiosa Altar de Cruz que tradicionalmente se presenta en la zona campesina de la provincia más oriental del país: Guantánamo.
En Altar de Cruz se muestran los preparativos y celebración de esta fiesta. Lamentablemente, este material, a pesar de sus limitaciones no ha sido estudiado por investigadores y estudiosos del folclor, de la religión, antropólogos ni etnógrafos, de él no quedan artículos que permitan hacer un comentario más profundo al margen de veinticinco años de diferencia.
Un largometraje Patakín (1982), de Manuel Octavio Gómez (1934-1988), es una pretendida comedia musical que utiliza las características de los dioses de las religiones afrocubanas para representar con sentido crítico personajes y situaciones de la sociedad cubana.
Obra fallida como comedia y como musical, que por su sinopsis y tratamiento del argumento se observa el habitual desconocimiento del tema, con los consabidos errores que se arrastran en este análisis de religiones afrocubanas.
Según Gómez: … la película tiene mucho de experimento, pues ha tratado de buscar una forma propia para el género musical, esencialmente partiendo del teatro vernáculo, pero incorporando elementos de la televisión y el cabaret (Bohemia, 6 de agosto de 1982).
El filme arrastra deficiencias en la articulación dramático-musical, situaciones criticables y conductas personales de la vida diaria son incorporadas no sin falta de originalidad y buen humor de esta historia contemporánea de Changó y Oggún, en la que nada tiene que ver la tradicional de esas deidades africanas y sí su comportamiento.
Manuel Octavio Gómez declaró que: Con esta película buscábamos continuar la evolución de los Patakín (fábula, en yoruba) manteniendo sus características esenciales, actualizando e incidiendo temática y conceptualmente, en la realidad y problemas actuales cubanos, Nuestro Patakín parte del mito de la lucha entre Changó y Oggún... (GARCÍA BORRERO, Juan Antonio, Guía crítica del cine cubano de ficción. Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 1999: 252).
Fotos http://www.cinelatinoamericano.org