Eduardo Blanco
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Todavía es muy joven. Pero ya puso su nombre cerca de otros grandes con el apremio que la mocedad provoca. En una carrera que inició temprano –confiesa que a los siete años tuvo su primera motivación- Eduardo Blanco llegó al Ballet Nacional de Cuba (BNC) y se asentó en sus filas.
Dice que sus coreografías siempre van en punta. Es la base y siempre trato de llevarlas conmigo. No me gustaría dejarlas a un lado, asegura.
Con cuatros puestas para la compañía que dirige la Prima Ballerina Assoluta Alicia Alonso (Tiempo de danzón, Danzas de Mozart, El Chueco, Salmos) tiene también más de cuarenta títulos que entregó a los colectivos de Camagüey y de Cámara de Holguín, así como otros más para el Taller Vocacional de la Cátedra de Danza del BNC, la Escuela Elemental Alejo Carpentier, y la Escuela Nacional que dirige la maître Ramona de Sáa.
Entre todos, algo particulariza a Eduardo Blanco: su gusto por los grandes grupos y un absoluto punto de vista.
No me gusta decir que bailo con primeras figuras, ni con solistas: para mí todo el elenco es un gran cuerpo de baile, afirma mientras subraya que discrepa de las diferencias; porque prefiere que todo el mundo se sienta parejo y trate de sentir la danza, que es lo fundamental, asegura.
Pero, mientras insiste en el reto de provocar la armonía colectiva, Eduardo Blanco se motiva con otro aún mayor: reunir a centenares de niños en el escenario.
Sus versiones sobre cuentos de la literatura infantil universal, e incluso personajes locales, han sido continuas en las últimas graduaciones del Taller Vocacional de la Cátedra de Danza del BNC, desde 2001.
Aladino, El camarón encantado, Hansel y Gretel, El soldadito de plomo, Sueño de abuelos y Elpidio Valdés, se sumaron a sus indagaciones coreográficas; de los que parte de ellos reunió en un solo título: La eternidad de los cuentos, reciente coreografía que concibió para la graduación de 2007, a sugerencia de Alicia Alonso.
Sería como La magia de la danza, pero la magia de la danza en la Cátedra del BNC, agrega bromista en alusión a la antología de clásicos con que se ha visto en los últimos años al cincuentenario colectivo.
A los niños los puedes involucrar desde la lectura de un cuento. Al adaptar una historia, primero los sientas. Les lees. Ellos asimilarán así lo que después ejecutarán en el escenario, explica el joven coreógrafo.
Uno de aquellas coreografía –El camarón encantado, 2002- le deparó el feliz momento en que conversó con el Comandante en Jefe Fidel Castro, que asistió al estreno y luego intercambió con los implicados en la puesta.
Entonces propuso llevar a la oriental provincia de Santiago de Cuba el ballet inspirado en el cuento homónimo publicado por José Martí en La Edad de Oro, y sugirió la creación de los Talleres en la Escuela Nacional de Ballet, que a partir de ese momento serían inscritos entre los programas de la Revolución.
Dos años antes Eduardo Blanco se había graduado de aquel centro. Su elocuente entrega se hizo evidente más tarde, cuando en 2006 tuvo a su cargo el espectáculo de apertura del 20. Festival Internacional de Ballet de La Habana, con la participación de cientos de niños y jóvenes.
Pero lo fundamental de esto es el gusto por la danza y la confirmación de lo que haces, asevera y reconoce el joven que, desde el inicio de su carrera siempre tuvo particular interés por las creaciones corales: incluso, Alicia me dice que soy un coreógrafo de multitudes, gusta decir.
Eduardo Blanco, que dice tener como paradigma de su vocación al reconocido Alberto Méndez, hace mucho que evaluó una cara lección: lo importante de que el coreógrafo aprenda a montar un cuerpo de baile, igual que un solo y un dúo.
Foto http://www.bohemia.cu
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