Fugata Tango
|
Recuerdo que de pequeño, escuchaba la colección de fonogramas de long playing con la música de Carlos Gardel propiedad de mi padre. También recuerdo que cuando abracé la danza con visos profesionales realicé varios intentos por aprender este difícil juego de pies y sensualidad que es el tango como baile popular, a partir de varios talleres celebrados en Cuba. Pero mi memoria guarda especialmente el espectáculo Tango argentino que disfruté en New York en el 2000: sencillez y elegancia, mezcladas con soberbias interpretaciones de cerca de diez parejas de bailadores profesionales, pusieron en mi una meta hasta ahora no conseguida: realizar algo similar a partir de nuestros bailes de salón.
En el escenario del Gershwin Theater, sobre fondo negro y detalles plateados, los músicos se situaban dejando un modesto pasillo central por donde entraban cantantes y bailarines, todos en negro y plata, que convirtieron el tiempo en nada. Bandoneones, violines y contrabajos hacían de aquellas parejas un remolino de combinaciones, giros, hermetismo y lujuria. ¡ESO ERA EL TANGO!
Sin embargo, el tango porteño que se baila en las calles de Buenos Aires o de Montevideo, era otra cosa. El género, reconocido desde fines del siglo XIX en los alrededores del Río de la Plata, posee un origen indescifrable que lo transporta desde el cante flamenco hasta nuestras criollas habaneras; rescata la imagen urbana de clases humildes, las traiciones y peleas por una pebeta descangayad. Se le relaciona también con los candombes de esclavos africanos y sus descendientes, de los cuales se piensa surgió el término del africanismo tangomao, que en portugués significaba hombre que trafica con negros.
Con su música, canto y baile, el tango cubrió los salones europeos en el período de la primera posguerra (1918-1939) y tanto las orquestas argentinas y uruguayas, con sus cantantes y bailarines de pelo engominado, bufanda al cuello, sombreros caídos sobre las cejas, pantalones gauchos y lascivas posturas, conquistaron los corazones de muchas mujeres desprovistas de opciones masculinas. En el cine mudo Rodolfo Valentino se convertía en bailarín de tangos, y Carlos Gardel cantaba como el zorzal criollo. El tango se hizo universal.
Cercanos a las canciones de Hugo del Carril, Libertad Lamarque, Tita Merello o Aníbal Troilo, el tango hizo su efecto en Cuba y conjuntos, cantantes y bailarines proliferaron por las ciudades cubanas donde las Casas del Tango mantenían viva la leyenda tanguista. Pero los estereotipos hicieron presa del tango: imágenes comerciales de violencia y del macho de la Pampa sembraron ideas erróneas del verdadero tango popular, cotidiano.
En la reciente edición del Cubadisco 2007 llegó, casi inadvertido y muy modestamente, el conjunto uruguayo Fugata Tango, que nos enseñó la nueva manera de mantener vivo el tango con una pareja de bailarines que, siendo profesionales, respira el aire del pueblo sin afeites ni satenes.
Dirigidos por el maestro Juan Schellemberg, arreglista, compositor y pianista, Fugata Tango trajo a Tamara Chiz y Carlos Lobos para enseñarnos cómo se baila en la actualidad este ritmo por el pueblo uruguayo. Vestían ropa cotidiana, como si acabaran de salir del laburo y se entregasen a la música de Piazzola, Pugliese, Firpo y el infinito dúo de Gardel y Lepera.
Carlos llevaba el paso, como en todo baile popular en parejas; la mano al centro de la espalda de Tamara y luego a su hombro, guiándola en los recovecos de los pies, mucho más comprensibles para el lento cultor del danzón. Porque Tamara y Carlos me recordaron esos danzoneros tradicionales o esos boleristas que se abrazan en la penumbra olvidándose del mundo.
No enjuiciaré la música, pero con el formato que trajo el maestro Schellenberg, cualquiera sucumbe a su sonido. Bandoneón (Leonel Gasso), bajo (Alfonso Santini) y violines (Betina Chaves y Diego Revello) hacían que los estudiantes sudamericanos presentes deliraran y los cubanos descubriéramos esa música sin el scrach de antaño, hecha para los oídos modernos. Y si se le une el temperamento de Gabriela Morgare, la vocalista que revivía las melodías inmortales y las nuevas, la imagen del Montevideo actual renacía en cada concierto.
No muy favorecido por la programación, Fugata Tango aportó al Cubadisco 2007 la imagen real, artística pero no sublimada, de un ritmo que creíamos conocer pero que se hace más bello cuando más natural y sincero: el tango que canta y baila la tragedia y que produce también una inmensa alegría.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de espacios informativos y programas especializados de CMBF, Radio Musical Nacional.
|