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  FERTILIDAD Y DANZA: DEL RITO AL ARTE
  Por M Sc. Ismael S. Albelo*
 


La consagración de la primavera, Coreografía: Heddy Maalen
La consagración de la primavera, Coreografía de Heddy Maalen

Si nos adscribimos a los conceptos de FERTILIDAD y DANZA tal vez no hallemos su estrecha interrelación.

Por Fertilidad se entiende el alto rendimiento de la tierra y la posibilidad de obtener los productos de ella, mediante el ciclo de siembra-recolección-consumo o por la ley de la Naturaleza: nacer-crecer-morir.

Ambas tríadas implican un movimiento dinámico y dialéctico, que corre riesgos de sobrevivencia y supervivencia, forzoso camino impuesto por la Naturaleza misma que implica lucha, desasosiego, incertidumbre… vida y muerte.

Y este movimiento constante, que sostiene las tendencias materialistas de evolución constante del mundo viviente, es también inherente a la Danza, expresión humana del lenguaje sublime de nuestros cuerpos. 

Definiciones de Danza pueden encontrarse entre teóricos, bailarines, bailadores, académicos y neófitos. Sin embargo, su carácter completamente humano, sea reflejo o condicionado, implica que cada quien podrá aportar su tesis en tanto concisa definición. Lo que si no deja lugar a dudas, es que tanto la Danza como la Fertilidad poseen como común denominador el MOVIMIENTO, el devenir, el desarrollo, rechazan la inercia y hacen avanzar la VIDA.

Es verdad de Perogrullo que, desde los lejanos amaneceres de la humanidad, el movimiento humano simuló el de la Naturaleza en la conformación de los iniciales intentos rituales para provocar la fertilidad.

El suelo era pateado por el hombre primario para despertar la tierra de donde veía surgir, sin conocer el misterio de ese despertar, el árbol que le proporcionaba cobija, alimento y combustible para sostener el fuego benéfico recién descubierto.

Pero el hombre primario descubrió que Fertilidad y Naturaleza eran conceptos que se correlacionaban con su vida mucho más allá del producto de la tierra. El sexo –instintivo al inicio, consciente después -le trajo otra dimensión sobre ritos de fertilidad.

La unión hombre-mujer, que producía la cría familiar, dejaba cada vez más de ser un impulso de la primavera para hacerse un acto volitivo, selectivo, unívoco. Así, los ritos de fertilidad entre los humanos primarios deben mucho al desarrollo de la sexualidad.

Estos rituales se deben entender como actos formales en los que los participantes realizan diferentes acciones que van convirtiéndose en pautas repetidas de ocasión en ocasión, de generación en generación, por días, años, siglos, para convertirse en acciones estables.

Como sucede en los rituales mágico-religiosos, los ritos de fertilidad admiten poca improvisación o posibilidades de modificación, el tiempo en el cual se han desarrollado, ha impuesto lineamientos inamovibles, imperecederos, siempre con una fuerte carga pantomímica referente al objeto de culto, como puede verse en pictografías de la Cueva de Cogul en España. Aunque esta imagen transcurra en silencio, es evidente que este rito de paso o iniciación marca el tránsito de la infancia a la adolescencia o de ésta a la edad adulta.

Al mismo tiempo, estas pruebas ofrecen la oportunidad a los iniciados de mostrar su potencia y de asumir las responsabilidades de la existencia adulta, como puede ser la erección pública.

Se observa que el joven está solo o al menos desprovisto de apoyo familiar. En la fase última de estos rituales, los iniciados vuelven a ser aceptados formalmente por la sociedad y se reincorporan a las actividades productivas en calidad de adultos.

Al final, como todo rito de iniciación, lo que persigue es proporcionar una estructura, un orden y un sentido a la vida de los individuos, mediante celebraciones periódicas, formales y participativas, siempre asociadas a una fuerte simbología.

Muchos estudiosos han visto en el rito una forma de drama. Sin embargo, el rito no precisa de audiencia y está bien alejado de las funciones recreativas o lúdicras del teatro, exaltando la comunicación con las fuerzas naturales que de algún modo puedan conseguir un último fin moral, pero sí cubrir funciones educativas y sociales. Surgen así los rituales relacionados con el ciclo vital, como los de iniciación, matrimonio, que en última –o quizás, primera -instancia condicionan un componente de exaltación a la fertilidad.

Desde las antiguas sociedades nómadas de cazadores-recolectores se pueden apreciar –mediante los restos rupestres y la memoria arqueológica -los ejemplos de rituales de fertilidad en los humanos se descubren rejuego de sexualidad con un erotismo naif y una mimesis imprescindible de acciones similares entre los animales o las fuerzas de la Naturaleza.

Un elemento que con frecuencia se emplea en estos ritos de fertilidad, es el empleo de objetos fetiches que acentúan la función erótica previa a la cópula, como los diseños espaciales en círculos o hileras, en torno a árboles o palos de simbología fálica o la lucha de la entidad masculina por alcanzar la zona fértil de la entidad femenina –sea con el cuerpo u objetos como palos, cintas, etc.

Y, por supuesto, todo el que venga leyendo estas palabras estará viendo la relación íntima entre los rituales de fertilidad con la danza. Me atrevo a decir que, aunque los primeros elementos de danza en el hombre se consideran solistas o grupales, la aparición del dúo en la danza consuma el recorrido de siglos y eras de los estereotipos creados a partir de toda esta ritualidad orientada hacia la fecundidad.

El recorrido, desde el paleolítico superior fue conformando los folklores de los pueblos a partir de la danza, que sirvió como pocas acciones humanas para caracterizar los paradigmas que dieron forma a los ritos –entre ellos los de fertilidad -en todo el mundo. Subrayo e insisto en la condición humana porque los ritos de fertilidad han sido atribuidos –en mi opinión, erróneamente –a otras especies animales. 

Los estudiosos de la conducta animal emplean la palabra ritual para explicar el comportamiento estereotipado de algunos animales durante las exhibiciones en los cortejos nupciales.

Este cortejo pre-cópula en ciertas aves o simios superiores posee un evidente carácter ritual y, por supuesto, un gran componente de fertilidad a la larga. Pero la facultad de ordenar el acto ritual corresponde a la capacidad cognitiva del humano, que lo hace incluirse en la categoría de superior –no de mejor. Sobre esto, hay mucho que discutir… pero sería en otro momento.

Estas danzas devenidas populares o folklóricas son evidentes derivaciones de aquellos primitivos ritos conjurando a las fuerzas naturales que posibilitaban tanto la fertilidad de la tierra como la de las mujeres de la tribu, la comunidad, el territorio, el pueblo, la ciudad, el país y, finalmente, la Tierra –ahora como nombre del planeta.

Por ello aparecieron en las principales actividades sociales, la más importante de la cuales era el fin exitoso de las cosechas. En tanto danza, estas derivaciones de los primarios ritos de fertilidad observan movimientos típicos en casi todas las culturas y tradiciones:

  • Movimientos de pelvis;
  • Gran proyección terrestre y poca aérea;
  • Mimesis de movimientos zoomorfos relativos al cortejo pre-cópula;
  • Relación macho-hembra.

DEL RITO AL ARTE

El rito –del latín ritus –costumbre o ceremonia, se entiende como un conjunto de reglas establecidas para celebrar el culto y las ceremonias religiosas a través de gestos o actos materiales.

Si bien es aceptada esta definición a partir de los ritos religiosos, que fue quizás el principio, el rito ha devenido una manera de comunicación entre entidades: para enamorar, se desarrolla una ritualidad que va desde el galanteo, la invitación a encontrarse íntimamente o la propuesta de iniciar una vida en pareja; el ascenso al trono del emperador de Japón implica toda una ceremonia perfectamente estructurada que se ha repetido durante siglos con absoluta ritualidad.

 La consagración de la primavera, Coreografía: Heddy Maalen
La consagración de la primavera, Coreografía de Heddy Maalen

Lo cierto es que la dramaturgia y la gestualidad de todos estos ritos provienen de una tradición mimética heredada y decantada desde los tiempos primarios, y así una genuflexión, un movimiento del brazo o una partitura destinada al efecto ritual, obedecen en última instancia al recuerdo de los ritos ancestrales.

La danza siempre estuvo vinculada –como ya se ha dicho –a esta ritualidad en todo el mundo. Aunque, en la actualidad, muchos de esos ritos están desacralizados, el espíritu religioso subyace en el movimiento, de modo que –como el común fenómeno del huevo y la gallina –no podríamos priorizar entre el rito y la danza en cuanto a su lugar primigenio en la historia. Con seguridad, surgieron uno y otra en un mismo acto de comunicación y exaltación, de ahí que DANZA ES RITO… y RITO SEA DANZA.

En la medida que el devenir histórico iba convirtiendo a aquel homínido superior en hombre –entendido como género, incluido hombre y mujer –aquellos ritos de fertilidad pasaron a convertirse en habilidades de sacerdotes y, sobre todo, de sacerdotisas, muchas de ellas sacrificadas para lograr las buenas cosechas futuras. Ejemplos de estos ritos podemos encontrarlos en innumerables culturas occidentales y mesoamericanas.

Pero no sólo el victimar una virgen o un mancebo serían pasos obligados para todos los ritos, incluso en ellos mismos, estaba implícita la disposición o la destreza para hacerlos como manifestación humana mediante la cual, se expresaba una visión personal de interpretar lo real o lo imaginario a partir de los recursos del color, el diseño, el sonido, la pantomima, el gesto y/o el movimiento.

Así fueron surgiendo la plástica, la música, la poesía, la literatura… y la danza, aunque esta última sería reconocida como ARTE bien entrado el siglo XVIII.

No se pretende realizar un recorrido histórico del surgimiento de la danza en tanto ARTE, pero valga decir que muchas compañías profesionales, actualmente, conservan como sedes, las casas de ópera en el mundo, e incluso algunas, como la Ópera de París o la de Viena nombran sus agrupaciones de ballet con el título Ballet de la Ópera de

Sin apartarnos del tema, hasta el siglo XVIII la mayor parte de la danza era considerada adorno de los espectáculos teatrales, y los bailarines profesionales como meros artesanos que sabían moverse graciosamente al son de la música y los versos. Por ello, cualquier acercamiento a la danza en tanto ARTE tendría que partir de esta época.

Sin embargo, el conjunto de reglas o preceptos que servían a las ceremonias rituales iban pasando de los claustros a las calles y los campos y rebotaban a los palacios, decorados con paños, joyas y nuevas reglas de composición y diseños espaciales, estilizaciones de la gestualidad original y nuevos códigos expresivos.

Mas, aunque las reglas necesarias arrojaban una nueva ceremonia, repito, no se consideraba aún como arte.

La aparición del maestro de danza, que asumía el entrenamiento, su reglamentación, la composición coreográfica y el tránsito del bailador a la categoría de bailarín, prepararon el terreno para la independencia de la danza, y en obras calzadas por temas greco-latinos aparecían atisbos de aquellos rituales de fertilidad, como los dedicados a Baco –o Dionisos.

Para el período romántico, la escena de ballet utiliza no pocos ejemplos de fiestas de vendimia o fin de cosechas, sin contar que los temas de relaciones de pareja tan comunes fueron creando todo un ritual de la cópula humana que iba desde la entrega de un ligero chal, un lirio, un beso o simplemente la posesión por la fuerza.

Pero no hay dudas que en el siglo XX se produce el definitivo paso de los ritos –los de fertilidad incluidos -al arte de la danza, ya considerado como tal, gracias a los resultados probados por las obras coreográficas.

Este siglo es definitivo para el cambio, toda vez que se pone a un lado la edulcoración de las narraciones, desaparecen las hadas y los cuentos fantásticos y la realidad ocupa su espacio. En tanto apropiación e interpretación de esa realidad con visión estética y temporal, el arte danzario no transcribe literalmente esos ritos, sino que los metaboliza y devuelve como arte.

El ejemplo más típico es, a no dudar, la Consagración de la primavera de Vasalav Nijinsky, verdadero ejemplo salvaje de conjunción ritual-danza. Aquí, el sacrificio de La elegida para una mejor cosecha respalda las sonoridades de un entonces joven Igor Stravinsky, cuya partitura agresiva y endemoniada ha seguido resonando en las salas de concierto y en las creaciones de nuevos coreógrafos como Maurice Béjart, Pina Bausch y Saburo Teshigawara.



* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de espacios informativos y programas especializados de CMBF, Radio Musical Nacional.



Foto http://www.danzaballet.com

 
 
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