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  Adiós al eterno soldadito de la danza            
  Por M Sc. Ismael S. Albelo*
 


Fernando Jhones
Fernando Jhones

Corría el año de 1970. Miguel Cabrera, ya entonces Historiador del Ballet Nacional de Cuba, prácticamente me conminó a asistir a la graduación de la Escuela Nacional de Ballet de ese curso, que se celebraría en el teatro Amadeo Roldán. El motivo: se graduaba un jovencito que prometía inscribirse en la hoy larga lista de excelentes bailarines cubanos. Además, su trabajo de graduación también sería una novedad: por primera vez una pareja cubana interpretaría el pas de deux del Corsario.
 
Al descorrer las cortinas, junto a la también graduada Clotilde Peón, aparecía un rubio muy agraciado, quien de un salto se colocaba en el centro de la escena y se desplazaba con soltura y asombroso profesionalismo; la limpieza de sus pasos –que más tarde sería proverbial – se mostraba en sus quintas posiciones, múltiples piruetas, correctas colocaciones de los empeines, su hermosa línea de pie y piernas, torso erguido, su cuerpo expresivo y danzante. Esa fue la primera vez que vi en escena a Fernando Pí Jhones, quien ingresaría de inmediato en el Ballet Nacional de Cuba.

Caso raro en aquellos tiempos, cuando aún pervivían fuertes prejuicios contra el bailarín masculino de ballet, había sido llevado por su madre a la Escuela Provincial de Ballet de La Habana siendo muy niño. Allí tomaría clases con Fernando Alonso, Joaquín Banegas y con los rusos Olga Krilova y Mijaíl Gúrov y, años más tarde, pasaría a la Escuela Nacional en Cubanacán, donde comenzaría a ser conocido por su pulcritud técnica.

Ya en la compañía, la propia Alicia Alonso le propuso cambiar su nombre profesional por el de Fernando Jhones, con el cual brilló en escenarios internacionales, tanto como bailarín como en certámenes en Varna, Tokio y Moscú. En esta última, recibió el Premio a la Maestría Artística en 1977, a pesar de haber bailado con una dolorosa lesión en uno de sus mágicos pies.

Fernandito, como se le conocía también en el medio del ballet, hizo historia para la cultura nacional, al ser el primer cubano que interpretara una obra de August Bournonville, junto a la primera bailarina Loipa Araújo: el pas de deux Festival de las flores en Genzano, pieza que llevó hasta la perfección con su reconocida batería, su exactitud y su preciosismo en el cuidado técnico.

Intérprete de larga carrera como bailarín, su repertorio abarcó roles protagonistas en Coppélia, El lago de los cisnes, Giselle, La fille mal gardée, Tiempo fuera de la memoria, Petrouschka (papel del cual hizo una creación), Don Quijote, Canto vital, La bella durmiente, Tema y variaciones, La bayadera.

Pero por siempre será recordada su interpretación del soldadito de plomo en el ballet Muñecosde Alberto Méndez, estrenado por él, junto a Caridad Martínez, en 1978, obra que lo consagraría como bailarín y artista, y en la cual sembró un referente ineludible para los intérpretes posteriores de esta joya de la coreografía cubana.

Fernando, elevado al rango de primer bailarín en 1986, fue uno de los primeros que trabajó en compañías internacionales: sus contratos en Canadá y México en la década del ochenta lo llevaron a bailar con figuras como Marianne Beausejour o Anne Marie d’Angelo, con quienes también actuó en galas mundiales. Y en los noventa, llegó a la ciudad de Querétaro donde fundaría la Licenciatura en Ballet de la Universidad Autónoma, de la cual sería coordinador; crearía el Ballet Clásico de esa ciudad, del cual fue director; e instituyó la Academia CubaLaDanza, junto a su esposa –la también bailarina Dubia Hernández y su hija Dunet Pí.

Un día de 1991, su esposa llegó a mi casa como un torbellino para proponerme fuera tutor de su tesis de licenciatura en el Instituto Superior de Arte en la primera graduación de la carrera de Arte Danzario. Junto a ella estaba Fernando Jhones, más pausado y reflexivo, con igual pedido. Así comenzó nuestra amistad y el artista excepcional que veía en las tablas se me abría ahora como un ser diáfano, directo, de risa musical y ensordecedora, con la sensibilidad a flor de piel, siempre presto a impartir una de sus maravillosas clases de ballet en los Festivales Internacionales de Ballet de La Habana o en los Encuentros Internacionales de Academias de Ballet. Pero sobre todo, Fernandito era un enamorado de su patria y de su ballet.

En mayo de este año 2007, lo visité en su casa queretana. Allí asistí al homenaje de la Orquesta Filarmónica del estado que presentaba un DVD con El cascanueces que montó con su compañía acompañado por esa agrupación musical. El orgullo lo desbordaba, las más altas personalidades lo felicitaban y se hablaba de nuevos proyectos: una nueva presentación de Giselle, para fines de año Don Quijote y El cascanuecesnuevamente para Navidad. El entusiasmo lo llevó a replantearse el proyecto para defender el doctorado en danza en el Instituto Superior de Arte de Cuba con el tema Vindicación del bailarín cubano. Y como siempre, su hospitalidad lo llevó a la cocina para hacer una de sus famosas paellas.

Pero el pasado 3 de septiembre, la noticia resonó en mis adormilados oídos como una pesadilla incomprensible: Fernando Jhones nos había dejado físicamente. Una estúpida complicación pulmonar pondría fin a su risa musical y ensordecedora, a sus correcciones en los salones de ballet. Días antes había presentado su libro sobre Historia de la Danza, escrito en colaboración con su esposa, y colmado de emoción, había referido que al haber sembrado un árbol, tenido una hija y escrito un libro, ya podía morir tranquilo.

Sus funerales fueron históricos en Querétaro, personalidades de todo el mundo enviaron condolencias a sus familiares… y en Cuba nadie podía dar crédito a que su imagen ya no nos acompañaría más que en el recuerdo de su afabilidad y sensibilidad.

Luego de sólo 56 años, recién cumplidos este 2 de junio, Fernandito entró en la dimensión eterna de los inmortales, de esos cuya huella se siembra en las vidas para dar frutos maravillosos. Decirle adiós es imposible porque ahí está su carrera, su obra, su carisma, su lealtad: ahí está con su presencia impactante, sus múltiples entrechats, sus brazos Bournonville y su saludo militar en Muñecos.

Las palabras son meros sonidos cuando el dolor las ahoga. Por escritas quedan para siempre… pues pronunciarlas se hace muy difícil. Entonces, queden escritas: ¡HASTA SIEMPRE… Y POR SIEMPRE, FERNANDITO!

La Habana, septiembre de 2007

 

* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.

 
 
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