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  Maurice Béjart, el presbítero infinito
  Por M Sc. Ismael S. Albelo*
 



Maurice Béjart, Bakthi

La noticia ha consternado al mundo de la danza: Maurice Béjart ha muerto. Una semana antes de este 22 de noviembre había sido internado en un hospital de Ginebra con trastornos cardíacos y renales. Se encontraba trabajando en un nuevo espectáculo, a estrenarse el próximo diciembre, que tituló La vuelta al mundo en 80 minutos y recientemente había estrenado en la Scala de Milán el espectáculo Gracias, Gianni, con amor, por el décimo aniversario asesinato del modisto italiano Gianni Versace, lo que demuestra que –a pesar de sus 80 años recién cumplidos y su salud evidentemente quebrantada – seguía siendo el coreógrafo de los grandes eventos, la actualidad y los temas más diversos.

Nacido en Marsella, el 1ro de enero de 1927, como Maurice Jean Berger, era hijo del filósofo Gastón Berger; perdió a su madre cuando tenía siete años; y comenzó a estudiar ballet en su ciudad natal y París, donde inició una incierta carrera como bailarín con el nombre que daría la vuelta al mundo en 50 años: Maurice Béjart.

En Londres y Estocolmo consolidaría su trayectoria como intérprete y fue en la capital sueca donde crearía su primer trabajo coreográfico, una versión de El pájaro de fuego para televisión en 1950. De regreso a la Ciudad Luz funda el Ballet Teatro de París y desarrolla un trabajo experimental con las nuevas sonoridades de la música electroacústica de Pierre Henry y Pierre Schaeffer, estrenando piezas como Sinfonía para un hombre solo y Alto voltaje. El público parisino no le dio su aprobación de inmediato, lo que tampoco pasó, años más tarde, con el norteamericano durante su primera visita en 1971; sin embargo, ambas audiencias se postrarían a sus pies definitivamente.

Su lanzamiento al gran mundo del espectáculo se produjo en 1959, cuando el Teatro de la Moneda de Bruselas le invitó junto a su compañía a realizar una versión de La consagración de la primavera, obra que dio paso para que, en 1960, fundara en la capital belga el Ballet del Siglo XX, una de las compañías más trascendentes de esa centuria, y que dirigió hasta 1987, fecha en la que creó el Béjart Ballet Lausanne en la ciudad homónima suiza.

Con ambas agrupaciones, Béjart sacó la danza de los escenarios convencionales y la llevó a palacios de congresos, estadios deportivos y grandes plazas públicas, su audiencia competía en número con los partidos de fútbol o los conciertos de música pop. No tenía nómina de primeros bailarines… porque la estrella era, precisamente, toda la compañía; coexistían cristianos, islámicos, hinduistas, africanos, asiáticos, europeos y latinoamericanos; con ella bailaron la brasileña Marcia Haydée, la rusa Maya Plisétskaya, la estadounidense Suzanne Farell y la cubana Alicia Alonso, el argentino Jorge Donn, el italiano Paolo Bortoluzzi, el francovietnamita Eric Vu Ann y el danés Peter Schaufuss.

Su cosmopolitismo lo llevó a crear piezas sobre la India, Irán, Grecia; la obra de Moliere, Goethe, Mozart; la vida de los griegos, de Nijinsky, de Isadora. Su imaginación no tenía fronteras, como tampoco lo tenía su intelecto que lo hacia leer hasta diez libros por semana, escribir dos libros con sus memorias y una novela –además de diversos artículos –, ser doctor en filosofía, director de cine, poeta, músico y dominar siete idiomas. Su condición de gran conversador y su aventura como aspirante a torero en su juventud, muestran que para Béjart, el saber humano no tenía secretos.

Su obra cuenta con más de 300 ballets, entre los que se destacan Bolero, Bakthi, Nijinsky clown de Dios, Nuestro Fausto, Moliére imaginario, Mozartango, 1789y nosotros, A propos Schéhérazade, Le enfant Roi o El presbítero no ha perdido nada de su encanto ni el jardín su esplendor.

Para Cuba, la muerte de Béjart resulta muy dolorosa pues, hombre de izquierda, siempre se manifestó amigo de su pueblo y su danza. En sus diversos recorridos por el mundo, estuvo en la Isla durante el año 1968. En su primer contacto conoció a Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, a Ramiro Guerra y el Conjunto Nacional de Danza Moderna, en la cual sugirió a Guerra la creación de Ceremonial de danza, luego de ver a la agrupación en una clase.

Terminada la Olimpiada Cultural en México, junto a su Ballet del Siglo XX, se presentó en La Habana en el mes de octubre con dos programas que incluían Ni flores ni coronas, escena de Romeo y Julietay La consagración de la primavera el primero; y Bahkti, La noche oscura y Bolero el segundo, además de interpretar el dúo Erótica junto a Laura Proenza en una función especial para bailarines y artistas cubanos.  

Esa breve visita con su compañía cambió completamente la visión que los cubanos teníamos sobre el arte de la danza y del ballet en particular: nos abrió las puertas al arte contemporáneo, a la multimedia –rudimentaria entonces –, a la reinterpretación de partituras de Maurice Ravel, Hector Berlioz, Igor Stravinsky, Piotr Ilich Chaikovski; y desmitificó el carácter elitista y privativo del ballet para mostrarlo actual y cotidiano. Con Bolero, esa obra que hizo estallar en aplausos irrepetibles la sala García Lorca aquel octubre de 1968 cuando Duska Sifnios se desplomó sobre la roja mesa redonda, atrapada por brazos masculinos y oscurecida violentamente por un black out teatral, Maurice Béjart se despidió de Cuba hace casi 40 años; nunca más nos visitó, pero siempre estuvo, está y estará entre nosotros, en el Plásmasis de Alberto Méndez, en el Saerpil de Gustavo Herrera y en la Cantata de Iván Tenorio, en la apertura que abriera para entender la danza de la contemporaneidad si renunciar a los valores del pasado.

Maurice Béjart
Maurice Béjart

Además, Béjart ha estado siempre vinculado a Cuba: desde los mismos inicios del Ballet del Siglo XX nunca ha faltado un bailarín cubano en sus elencos, ya fuera como invitado de ocasión o como miembro permanente. Desde Jorge Lefebre y Menia Martínez, quienes permanecieron por años en el Ballet del Siglo XX, hasta los jóvenes Julio Arozarena y Catherine Zuaznábar en el Béjart Ballet Lausanne, pasando por Loipa Araújo quien, aún siendo maitre, bailó Dionisos y centralizó La revolución latinoamericana en 1789 y nosotros.

Figuras muy ligadas al ballet cubano, como el puertorriqueño José Parés y el ruso Azari Plisetsky han sido maestros en las compañías bejartianas y la primera bailarina Mirta Plá impartió cursos en el instituto Mudra de Bruselas, fundado y dirigido por Béjart. También bailarines de sus agrupaciones danzarias han bailado en los escenarios cubanos y muchas de sus piezas han sido bailadas en los festivales Internacionales de Ballet de La Habana.

En 1970, en un comentario sobre el arte de nuestra prima ballerina absoluta, Béjart prometió: Sí, un día haré un ballet sobre ese ser extraordinario que se llama Alicia Alonso, y en 1972 la invitó a bailar con el Ballet del Siglo XX en 1972 en el Teatro de la Moneda en Bruselas y, en homenaje a ella, vistió a sus bailarinas con tutús blancos, creó la atmósfera de un lago encantado, encomendó a Paolo Bortoluzzi el rol del príncipe Sigfrido y trajo a su compañía el segundo acto de El lago de los cisnes para que Alicia Alonso fuera la Odette clásica del Siglo XX, algo inédito hasta el momento. Ahora ya será imposible que cumpla su promesa antes de entrar en el Olimpo de los inmortales.

Mucho se habla de la inmortalidad del genio y de desaparición física, evitando emplear el vocablo MUERTE. Lo cierto es que Maurice Béjart ha muerto y las palabras no deben asustarnos: la muerte es sólo la última fase de la vida y, habiendo sembrado tanto arte y tanta innovación, este hombre de dos siglos será eterno aunque ya no hablará en una de las siete lenguas que dominaba; ya no estrenará otra de sus magníficas piezas coreográficas, teatrales, líricas o cinematográficas; ya no escribirá artículos y biografías.

¡Desgraciadamente es verdad que los que se mueren no se vuelven a ver! dijo Martí; pero también aseveró: Toda muerte es principio de una vida. Y en esa nueva vida Maurice Béjart disfrutará de todo el reconocimiento de quienes en este cercano diciembre verán su nuevo y póstumo espectáculo; y el de las futuras generaciones que elevarán su espíritu y serán un poco mejores después de recibir el mensaje de su gigantesca obra.

Parafraseando una de esas piezas multimedias y monumentales, el eterno Maurice Béjart nunca perderá nada de su encanto ni el jardín su esplendor. ¡HASTA SIEMPRE, PRESBÍTERO DE LA DANZA!
23 de noviembre de 2007

* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional

 
 
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