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  A 45 años, juentud y experiencia
  Por M Sc. Ismael S. Albelo*
 


Conjunto Folklórico Nacional de Cuba (CFNC)  Foto Pepe Murrieta

El Conjunto Folklórico Nacional surge para satisfacer una necesidad de nuestro país, que no poseía una institución capaz de recoger las manifestaciones danzarias y musicales de carácter nacional e integrarlas en forma definitiva a la nueva cultura socialista.

Así rezaba en el programa de la primera función inaugural del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba (CFNC), en julio de 1963, hace 45 años. Celebrando la fecha y la reapertura del Teatro Mella, su sede habitual, la compañía insignia del folklore cubano se apoderó del coliseo habanero, para una temporada caracterizada por estrenos de coreógrafos que habitualmente crean para diversas familias de la danza.

Pocas veces se ha visto a la compañía nacional asumir un riesgo tan peligroso con una valentía tan determinada. Para muchos, el Conjunto era especialista en las manifestaciones provenientes de la raíz africana y el resto de bailes que conforman nuestro acervo tradicional podía quedar para el espectáculo nocturno, la televisión, el ballet o la danza contemporánea, que no para una agrupación ortodoxamente folklórica.

Cierto es que, por muchos años, los bailes y cantos campesinos, las raíces hispanas, los bailes populares, no eran frecuente fuente de inspiración para los coreógrafos folklóricos ni se estimulaba la creación para esta otra parte de la cultura, a pesar de que en el repertorio pasivo de la compañía había varios ejemplos de la otra cara del mismo personaje: la sabia popular cubana. Ahora, con esta temporada, la dirección de la compañía convocó a seis creadores a concebir sendas piezas para celebrar el nuevo aniversario, por lo cual la temporada de septiembre revistió un carácter especial.

Junto con Dahomeñóy un fragmento de Ayabá, de Manolo Micler, se pudieron apreciar piezas de Alberto Méndez, Danny Villalonga, Lizt Alfonso, Isidro Rolando, PanchoGonzález y Santiago Alfonso, todos ellos con visiones distintas de enfrentar la danza. Méndez optó por la adaptación de uno de sus dúos clásicos creados en su etapa del Ballet Nacional de Cuba, y bajo el nuevo nombre de El río y el monte, volvió a recrear la leyenda de la seductora Oshún y el guerrero Oggún.

El paso de un código académico al dinamismo más desenfadado de la danza folklórica pudo haber sido un inconveniente por la traslación de vocabularios, y en parte la obra se resintió por este aspecto. Pero el trabajo interpretativo de Suramy Suárez y Guillermo Díaz evitó un fracaso y logró darle un sentido nuevo, aún cuando la coreografía requería esfuerzos técnicos superiores a sus hábitos cinéticos. El vestuario de Eduardo Arrocha y el uso de decorados vegetales acentuaron favorablemente el resultado.

Otro el reto impuesto por Danny Villalonga con su obra Raíces. ¿No viene el cubano también del español? ¿Por qué entonces no proponerle un palo flamenco? Y ahí estaba el mismo coreógrafo desafiando a los bailarines del Folklórico, convertidos en bailaores, taconeando el tablao recién puesto. Sin tratar de innovar en el diseño espacial, esta pieza fue una de las varias pruebas de fuego para los jóvenes de la compañía.

En Cocón-congueando Lizt Alfonso propuso un perpetum mobile a partir de la contagiosa conga callejera y en un estilo que parece estar abrazando en los últimos tiempos, la coreógrafa trabajó su estreno con la dramaturgia del musical y la comedia, sacando de cada intérprete verdaderas posibilidades espectaculares. La suya fue una de las más aceptadas obras del programa.

Isidro Rolando es el vínculo entre la danza moderna a lo Ramiro y las novedades de la actual danza contemporánea. Su historia respondió al título Dichosos los que bailan y en ella pretendió desmitificar a los venerados orishas yorubas. ¿No fueron Obatalá, Agayú, Changó, Oshún, Oggún, Oyá y tantos otros santos, hombres y mujeres inmortalizados por sus hazañas y sus patakíes? Reyes y princesas de las ancestrales tribus africanas, todos ellos tuvieron su carne y sus huesos, y sus vidas están llenas de grandezas y flaquezas, de logros y fracasos. Así pinta Rolando el panteón yorubá del momento en una obra ambiciosa y requerida de mayor preparación por parte del elenco, pues el estilo del coreógrafo no transige con medias tintas y demanda una absoluta interiorización contemporánea.

Ave María, la rumba, del conocido coreógrafo del Ballet de la Televisión, PanchoGonzález, fue un homenaje a ese complejo danzario cubano, no sólo a La rumba del poeta José Zacarías Tallet -un clásico en la interpretación antológica de Luis Carbonell, que en el Teatro Mella corrió a cargo de Balodia Rodríguez, quien probó sus dotes de declamador con eficacia- sino a aquella antológica creación de Alberto Alonso para la rumbera clásica por antonomasia, Sonia Calero. Nuevamente Suramy Suárez volvía a hacer gala de sus dotes danzarias y su especial calidad de movimiento, junto a un cuerpo de baile masculino devenido músico y cantante, además de excelentes rumberos.

Para cerrar las noches de estreno, el versátil Santiago Alfonso develó un mural de la cultura danzaria cubana en Homenaje. Su guión remeda otras producciones anteriores como Panorama… de Víctor Cuellar, pero a diferencia de esta pieza capital de la danza moderna nacional, Homenaje apela a la fragmentación y el orden dramatúrgico más que al didáctico y cronológico. El coreógrafo se regodeó en las combinaciones compositivas, desde los masivos conjuntos Más vale trocar y hoy comamos y bebamos o Danza de los esclavos a la poesía de El mar y Yemayá, hasta el dúo Olókun o el Danzón barroco, uno de los momentos más logrados de la obra.

Volvió Eduardo Arrocha a derrochar imaginación en los diseños y así el cierre de la temporada aniversario y de estrenos culminó con una timba a lo Maraca, iniciando la fiesta de estos 45 años llenos de juventud, desde la fundadora Zenaida Armenteros, monumental con su sola presencia en escena, hasta los bailarines en uno de las mejores ocasiones interpretativas de la compañía emblema del folklore cubano.

Los puristas pueden criticar la ausencia en las premieres del elemento netamente africano, pero el desafío propuesto por el Folklórico da la tónica de los nuevos tiempos: dispuestos a trabajar lo ancestral y lo actual con el mismo rigor, la misma fuerza, el mismo amor. Eso es el joven Conjunto Folklórico Nacional de Cuba a sólo cinco años de su medio siglo.

 

* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.


Foto http://www.actualidadescenica.cult.cu

 
 
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