Rudy Bryans
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Invitada a la I Bienal de la Danza del Caribe, la compañía Danzomanía de Montpellier, Francia, presentó en el Teatro Mella la obra Pleine de sable (Arena, arenas, arenas). Compuesta por seis bailarines plenos de vigor y rigor técnico, su directora Anne Marie Porras traía en su staff a un técnico en sonido y a un ensayador, que respondía al nombre de Bernard Gaudet.
¡Cuán lejos estaba el público –y yo, entre ellos – de saber que detrás de este nombre se encontraba una de las figuras masculinas más importantes del ballet y la danza franceses!
Rudy Bryans, quien fuera estrella de las más significativas compañías de su país, acompañara a las más reconocidas ballerinas y bailaría las obras de los más trascendentes coreógrafos.
Descubierto por este crítico, quien lo vio bailar en La Habana hace cuarenta años al frente del Ballet Clásico de Francia, no escapó a mi grabadora y, durante su visita a la Escuela Nacional de Ballet, entre los sitios que visitó en la capital cubana, respondió a algunas de mis preguntas.
¿Cómo inició su carrera en la danza?
En mi casa muchos hermanos se dedicaban a la música y mi hermana pequeña era la que estudiaba danza. Luego de algunos años en el boxeo fue que descubrí el universo de la danza y fue que me dediqué a ella. A los 16 años fui contratado por el Ballet de la Ópera de Lyon para bailar en una opereta, luego partí al Norte para hacer otras cosas. Cuando recibí el premio Nijinsky de manos del maestro Serge Lifar, éste me introdujo poco a poco como principal solista del Ballet Clásico de Francia. En esa época me propuso hacer una serie de giras, donde bailé espectáculos en París con esta compañía que dirigía artísticamente Lianne Daydé y fue así que vine a Cuba con ella.
Después de las actuaciones con el Ballet Clásico de Francia, ¿Cómo se desarrolló su carrera?
Hice muchos, muchos espectáculos con Carla Fracci en Italia y en Francia, España, Alemania, galas de estrellas. Después entré en Los Ballets de Marsella de Roland Petit, hice los principales estrenos de esa compañía y ahí encontré a Loipa Araújo.
Los Ballets de Marsella quizás le dieron el mayor reconocimiento internacional y lo vinculó con el Ballet Nacional de Cuba por su encuentro con Loipa Araújo. ¿Cómo se fue este trabajo?
A Loipa la había visto bailar en La Habana, al igual que a Mirta [Plá], en los ensayos. La reencontré años después en Moscú, donde estaba con su esposo Azari Plisetsky. Roland Petit estaba buscando una primera bailarina. Había una canadiense Karen Kein, pero me dijo que Loipa tenía una base clásica excepcional y me dio la prueba de confianza de trabajar con ella en Los Ballets de Marsella algunos meses después. Con ella interpreté En busca del tiempo perdido, La arlesiana, Estudios y preludios en sus estrenos mundiales y además bailamos juntos en Coppélia, Carmen, Notre Dame de Paris, todas obras de Petit.
En Los Ballets de Marsella tuvo la posibilidad de bailar también con Maya Plisetskaya. ¿Cómo se produjo ese encuentro?
Mi primera experiencia cuando entré en Los Ballets de Marsella consistió en que Roland Petit me propuso que bailara La rose malade en Moscú con Maya Plisetskaya, como un pas de deux. Cuando comencé en la danza, Maya era mi estrella, bailaba con Fadeyechev en el Bolshoi, la había visto en La fuente de Balchizarai. Y yo pensé que iba a realizar mi sueño cuando llegué a Moscú para ser el partenaire de Maya. Fue una cosa sublime.
Pero además de Daydé, Araújo, Fracci y Plisetskaya, Ud. ha compartido la escena con otras importantes ballerinas francesas e internacionales. ¿Recuerda algunas de ellas?
Entre las francesas están Noëlla Pontois, Jacqueline Rayet, Claire Motte; también bailé con Lucette Aldous, del Ballet Australiano. Fueron muchas, muchas bailarinas famosas.
Bailarín estrella en la Ópera de París, el American Ballet Theater o el Ballet Bolshoi, la carrera de Bryans como bailarín contempló asimismo obras de coreógrafos como Maurice Béjart, interpretó clásicos y obras de vanguardia. Casado con Anne Marie Porras y después de una grave lesión en una pierna decidió dejar la escena y dedicarse a la enseñanza en la academia de su esposa en Montpellier en el Sur mediterráneo de Francia. Su imagen de bailarín varonil y efectista se multiplicó ahora en La Habana en los intérpretes de la compañía de la Porras. Pero aún recuerda los atronadores aplausos de quienes lo admiramos en 1968 en la sala del entonces Teatro García Lorca (hoy Gran Teatro de La Habana), interpretando Suite en blancy Romeo y Julieta de Serge Lifar, pero sobre todo por su interpretación de l pas de deux El corsario junto a Lianne Daydé.
¿Qué recuerda Rudy Bryans de aquellas actuaciones en La Habana hace cuarenta años?
Fue casi mágico descubrir el ambiente del Ballet Nacional de Cuba, de ver a todos los bailarines trabajando, bailando, con un entusiasmo muy energético para nosotros, que somos franceses, fue fabuloso. Recuerdo mucho el calor del público, increíble cuando terminamos El corsario. ¡Fue increíble!
Cuatro décadas después, con el cabello nevado pero con su torso firme, su virilidad a flor de piel y su torso erguido, Rudy Bryans visitó el Ballet Nacional de Cuba, el Museo de la Danza y la Escuela Nacional de Ballet. A una pregunta final respondió:
¿Cómo calificaría esta segunda visita a Cuba?
Para mí es una gran emoción reencontrar en Cuba lo que ya había visto, que nada ha cambiado, que la gente de la danza es como hace 40 años atrás. Ha sido maravilloso descubrir la Escuela Nacional de Ballet, y que la energía de la danza es muy fuerte.
Interpretó por igual el Cuasimodo, de Franz y del Joven frente a la Muerte, Rudy Bryans en esta breve visita nos revivió aquella época dorada de la década prodigiosa en el ballet y continuó prestigiando la escena cubana.
¡Gracias, Rudy; Merci!
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