Loipa Araujo, Aurora Bosh,
Mirta Pla
y Josefina Méndez.
|
El prestigio que fue alcanzando el Ballet Nacional de Cuba, a partir de sus actuaciones primeras en los países del Este europeo y en los Concursos de Varna, tenía por fuerza que probarse en plazas occidentales, con reconocimientos de tradición. Las limitaciones políticas de los Estados Unidos hacia la Revolución imponían –y aún imponen- y reducía las posibilidades de la cultura cubana de mostrarse en otras plazas de Europa y América.
Sin embargo, la pujanza de nuestra ya reconocida escuela a partir de la compañía, conjuntamente con los esfuerzos de ese gran intelectual que fue Alejo Carpentier, hicieron que para 1966 el Ballet Nacional de Cuba se presentara en el IV Festival Internacional de Danza de los Campos Elíseos de París. En este concurrirían compañías tan diversas y famosas como la del norteamericano Alvin Ailey, el Ballet Clásico de Francia o el Ballet de Georgia dirigido por el mítico bailarín Vagtang Chabukiani.
En la primera incursión de un acontecimiento del mundo capitalista, el reconocimiento mayor, el Grand Prix de la Ville de Paris, fue entregado unánimemente a la Prima BallerinaAlicia Alonso por su ya legendaria interpretación de Giselle, que le valdría además el Premio Anna Pávlova de la Universidad de la Danza de la ciudad luz, entregado por el coreógrafo Serge Lifar, director de la institución.
Pero ese año, los Campos Elíseos se vistieron de Cuba: la joven bailarina Aurora Bosch –quien interpretó lo que también se consideraría su más relevante interpretación, la Reina de las willis en Giselle- obtenía además el Premio Anna Pávlova y uno especial de los críticos de danza de París. Estos lauros serían los primeros que validarían desde entonces, las actuaciones del Ballet Nacional en la arena foránea.
En 1969, durante el I Concurso Internacional de Ballet de Moscú, otro triunfo resonante obtendría Loipa Araújo: la medalla de plata frente a figuras de Rusia, Francia, Japón, Dinamarca y las mayores potencias de ballet del mundo. Estos triunfos se repetirían en la segunda edición con la medalla de oro de Amparo Brito, la de bronce de Andrés Williams en 1970 y el premio a la maestría artística para Lázaro Carreño.
Los éxitos de París volverían a resonar en 1970, durante el VIII Festival de Danza, cuando el Ballet Nacional de Cuba recibiría el Grand Prix de la Ville y cuatro de sus bailarinas se alzarían con la Estrella de Oro del evento en la interpretación del Grand Pas de Quatre: Josefina Méndez, Loipa Araújo, Mirta Plá y Marta García. Además, la Plá sería reconocida con una mención especial del jurado por su actuación en el rol de Mlle. Cerito.
Más concursos internacionales lanzarían a los bailarines cubanos y a nuestra principal compañía al reconocimiento internacional: Japón, Brasil, Suiza, Perú y los Estados Unidos –a pesar de las limitaciones políticas- acogerían a jóvenes figuras del ballet de la Isla validando, a partir de las medallas y diplomas de honor que recibían.
Mucho tuvieron que ver estos galardones en la promoción de la agrupación y de la escuela cubana de ballet. Las giras internacionales y las actuaciones en los mejores escenarios del mundo, con la acogida espléndida de públicos y crítica, construirían la imagen del Ballet Nacional de Cuba como la gran compañía que es, cuyo prestigio desbordaría las fronteras isleñas para erigirse en continentales y mundiales.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |