
Alicia Alonso, Giselle |
Terminaba la temporada de otoño del Ballet Theatre en 1943. La única presentación de Giselle estaba a cargo su mejor intérprete en Occidente, la inglesa Alicia Márkova. Sin embargo, la Márkova enfermó de repente y canceló sus presentaciones. El empresario pensó solucionar la ausencia entregando el papel a una joven solista de la compañía. Esta circunstancia cambió de modo radical la historia de ese ballet romántico.
El papel sería interpretado por una joven cubana, recién incorporada luego de una operación de la vista. La tradición de rusas y anglosajonas en Giselle se rompería ese martes 2 de noviembre en el viejo Metropolitan de Broadway y 39 en New York: Giselle sería ALICIA ALONSO.
Que la Alonso se desenvolviera con brillantez no fue ninguna sorpresa (…) sus cimientos son tan fuertes que la perfección será solamente un asunto de tiempo, diría John Martin al día siguiente en The New York Times; cuatro años después, Walter Terry escribía en el New York Herald Tribune: Puede decirse con toda seguridad que Alicia Alonso es la mejor de las Giselle contemporánea. Así nacía el mito Alicia-Giselle.
No obstante, su interpretación no se estancó: agregaba facetas, motivaciones, detalles que enriquecían este clásico y lo llevaban al auditorio contemporáneo. No se redujo a una actuación brillante: fue a la esencia del tesoro cultural, al centro del valor del arte.
Hasta su última interpretación Alicia estuvo renovando lo que parecía perfecto para hacerlo impecable: acá hacía una salida jovial y ligera, allá más contenida y melancólica; hoy su locura era incontenible, mañana era interior y sobrecogedora; su willi podía ser frágil y suave o decidida y valiente. Nunca hizo una Giselle igual, cada día era mejor… ¡si esto pudiera ser posible!
Pero fue no sólo su ejecución: creó una nueva filosofía para entender Giselle en el siglo XX y en el futuro. En su versión coreográfica unió elementos escénicos del momento y trajo una concepción coherente para la historia fantástica, desplazó al cuerpo de baile de modo vibrante y angustioso según las necesidades dramatúrgicas reafirmando el carácter teatral de la obra. Hoy muchas versiones de Giselle beben de sus fuentes.
¿Quién hubiera creído que de Cuba nos llegaría una de las más cautivantes Giselle que se pudo haber visto? dijo Dinah Maggie en el diario francés Combat, cuando se presentó con el Ballet Nacional de Cuba en París en 1966 y obtuvieron el Grand Prix de la ciudad. ¿Cómo podría esperarse que desde la tierra del son y la rumba fuera a llegar un clásico francés con tal nivel de excelencia?
Este es otro mérito del mito Alicia-Giselle: no sólo es la gran ballerina, no únicamente está su talento como coreógrafa repositora, ni siquiera es su rigor como directora teatral: ella trasciende la historia cultural de Cuba para colocarla al nivel mundial en el centenario arte del ballet, creando un paradigma muy difícil de igualar.
Ahora, 65 años después de aquel martes de otoño en el viejo Metropolitan de Broadway y 39 en New York, Alicia-Giselle se ha esparcido en la historia del arte universal. Intérprete, creadora, Artista como categoría contundente: ese mito real –como el real maravilloso carpenteriano- que nuestra Cuba ha brindado al mundo en la figura de ALICIA ALONSO.
*El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
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