
Danza Abierta, Marianela Boán
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El tema de la identidad en el arte ha sido muy llevado y traído en incontables oportunidades.
Hace poco tuve la ocasión de debatir con jóvenes coreógrafos que se decían cubanos atípicos y ciudadanos del mundo debido a que en su creación no partían ni del tambor ni de temáticas que tuvieran que ver con los patakíes yorubas.
Aunque es cierto que en ciertos momentos de nuestra historia cultural el esteriotipo ha sido utilizado de manera facilista en la danza cubana, incluso ha limitado la creación, la cubanía puede verse más allá de moldes pintoresquistas.
La explosión de los temas afrocubanos en nuestra danza fue una consecuencia lógica del triunfo de la Revolución: si bien no existían compañías profesionales de danza estables, las agrupaciones que se creaban ocasionalmente, cuando preferían utilizar estos ritmos y bailes como gancho turístico de manera estereotípica y hasta distorsionada; así, las tradiciones -lejos de preservarse- se presentaban como sujeto deformado, motivo de burla, algo inferior y de ningún modo cultural.
Al llegar el pueblo al poder, las tradiciones de origen africano, vitales para la nacionalidad cubana, fueron estudiadas y llevadas al arte de modo correcto y la aparición de los que antes eran discriminados en la escena se convirtió en un fenómeno cultural que impactó la cultura.
Pero por ello no se abandonaron las tradiciones europeas ni se dejaron de asimilar influencias culturales de diversos orígenes, las cuales se procesaron en este crisol que es la cultura cubana. Ejemplos en otras esferas están en José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Antonia Eiriz, Harold Gramatges, que no hicieron de lo afrocubano el centro de sus estéticas.
Aunque en la danza esos esteriotipos aparecieron de buena medida en los primeros años, tuvimos un Ramiro Guerra con Decálogo del Apocalipsis, que pudo haber marcado el inicio de la danza-teatro, que no surgió hasta los ochenta con Marianela Boán o Isabel Bustos, influidas por corrientes europeas metabolizadas a lo cubano.
Hoy no es necesario exponer el ajiaco cubano a partir sólo de batás o íremes: en lo contemporáneo de Maricel Godoy, Ernesto Alejo, George Céspedes o Julio César Iglesias; en lo ballético de Iván Tenorio o Alberto Méndez; en lo hispánico de Eduardo Veitía, Lizt Alfonso o Danny Villalonga, están las sazones de nuestras raíces para los tiempos actuales.
La identidad no es lo pintoresco, la identidad es la conciencia de ser uno mismo y de ser distinto de los demás, aquello que nos identifica como grupo frente a otros. Y en eso, la danza cubana tiene su identidad bien definida, más allá de clichés y esteriotipos.
*El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |