Cuando el Primero de Enero de 1959 amaneció la esperanza para el pueblo cubano, la entonces la llamada danza moderna apenas se conocía en la Isla antillana.

Carmina Burana
|
Solo un pionero, aislado y hasta cierto punto incomprendido, había tratado de traernos lo más avanzado en la danza que ya en Alemania, los Estados Unidos y México había tomado caracteres nacionales. Alumno él mismo de una de las más importantes figuras de esta especialidad en los Estados Unidos, Martha Graham, Ramiro Guerra había vuelto a Cuba para iniciarnos en la estética de las contracciones, las caída-recuperación, en la manera otra de ver el cuerpo como emisor de mensajes con un vocabulario inteligente, novedoso y expresivo.
Tras un fugaz intento en la década del 50 con las llamadas Brigadas Culturales creadas por Raúl Roa García, Ramiro tuvo que regresar a otras labores dentro y fuera del país, hasta que en la fecha del triunfo fue solicitado por el Teatro Nacional de Cuba para dirigir su Departamento de Danza Moderna.
En data tan temprana como el mes de junio de 1959 se libraba convocatoria para aquellos que quisieran iniciarse como bailarines de esta nueva disciplina y ya el 15 de septiembre las huestes de Ramiro iniciaban el proyecto del Conjunto Nacional de Danza Moderna. En el elenco, nombres que luego serían íconos de nuestra danza: Eduardo Rivero, Santiago Alfonso, Alberto Méndez, entre otros, que en febrero de 1960 estrenaban obras suyas como Mulato y Mambí, así como Estudio de las aguas y Vida de las abejas de Doris Humphrey, montadas por otra pionera, Lorna Burdsall.
La joven compañía giraba en el exterior, participaba en festivales, estrenaba obras en las cuales se mezclaban la mitología internacional y las tradiciones afrocubanas; se creaba no sólo un repertorio único –e irrepetible- sino una técnica que unía las escuelas de Graham y Limón, las contribuciones de maestros mexicanos como Elena Noriega o Manuel Hiram y norteamericanos como Waldeen, Elfrida Mahler y la propia Burdsall, con la forma de moverse tan peculiar de los cubanos. Nacía así la danza moderna nacional.
Luego del Apocalipsis que devino, en 1971, el Decálogo… de Ramiro, obra que pudo haber marcado nuestra entrada a la danza-teatro mucho antes de su reconocido nacimiento en Alemania, el Conjunto cambia de nombre y de filosofía: Danza Nacional de Cuba, pasa por varias direcciones y tiene como coreógrafo principal a Víctor Cuéllar, junto con Eduardo Rivero, Arnaldo Patterson, Gerardo Lastra, Isidro Rolando y otros bailarines que se inician en el arte de la creación. Bajo este nombre, la compañía basa su línea creativa en las tradiciones afrocubanas, aunque no abandona la influencia universal: pienso, por ejemplo, el Fausto de Cuéllar o Tanagras de Rivero.
Pero en su seno se fue también gestando la contemporaneidad danzaria cubana, encabezada por jóvenes como Marianela Boán, Rosario Cárdenas, Narciso Medina y otros egresados de la Escuela Nacional de Danza.
Llegaron las voces europeas y con ellas obras que, poco a poco, fueron transformando Danza Nacional en Danza Contemporánea, nombre que asumió definitivamente hasta nuestros días: Cruce sobre el Niágara, Dédalo o Metamorfosis marcaron caminos que devinieron nuevas estéticas… y nuevas compañías que de algún modo replicaban desde la insurgencia la batalla de Ramiro.
Otros jóvenes como Lídice Núñez, Jorge Abril y más recientemente, Julio César Iglesias y George Céspedes trataron entonces, los temas actuales, no sin influencias universales, pero con todo el calor de nuestra danza: La tempestad o CC Canillitas muestran esa evolución.
En la actualidad, la calidad de los bailarines de la compañía que dirige Miguel Iglesias garantiza siempre una interpretación expresiva y virtuosa, así como la asunción de cualquier estilo, desde un dancical como en Tocororo de Carlos Acosta, clásicos como Folia de Jan Linkens, producciones multimediáticas como Carmina Burana de George Céspedes o insurgencias como Restaurant El Paso de Julio César Iglesias.
Danza Contemporánea de Cuba ha multiplicado su ejemplo en más de veinte compañías y proyectos en el país, herederos de una u otra forma de aquel proyecto de Ramiro Guerra, padre de la danza moderna en Cuba, que ahora cumple su primer medio siglo de vida.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
Foto Nancy Reyes
|