El pasado 26 de marzo, el Ballet Nacional de Cuba inició otra temporada de Giselle, obra que saldrá en gira internacional próximamente.
Otra vez la historia de la joven campesina renana, que muere enloquecida de amor para convertirse en un espíritu del bosque, se representó en el coliseo del Gran Teatro de La Habana, en su sala García Lorca, su espacio tradicional y donde mejor se muestra la gran producción de nuestra compañía, debida al genio de la más grande Giselle de todos los tiempos, Alicia Alonso.
En esta ocasión se estrenaron en los papeles protagónicos, dos jóvenes figuras del Ballet Nacional: Yanela Piñera y Ernesto Álvarez, aunque ya él había encarnado al duque Albrecht en el Ballet de Camagüey.
Estos debuts me mueven a reflexionar sobre la trascendencia de bailar Giselle, sobre todo en Cuba y en este legendario escenario, por el cual han transitado los mejores intérpretes no sólo de los roles titulares, sino de aquellos que, aunque parezcan secundarios, le dan el toque de gracia y excelencia a este monumento del ballet de todos los tiempos.
Giselle, bien se sabe, es un clásico dentro del repertorio ballético, no sólo por su pervivencia a través de más de 150 años, sino por la complejidad de sentimientos e intenciones que el argumento reclama tanto de los protagonistas como del cuerpo de baile. Pero, amén del papel importante de mantener las alineaciones del coro –sobre todo en el segundo acto con el ejército de vengativas willis–, son los roles centrales las piezas fundamentales de su éxito… o de su fracaso.
Así, Giselle es un ballet del alma, un ballet que se baila más con el corazón que con las piernas. Esto no excluye instantes capitales en lo técnico, como la variación de la titular en el primer acto, la iniciación y el pas de deux del segundo, además de las variaciones de la reina y de las dos willis.
Sin embargo, nada de esto es suficiente si no aparece una escena de la locura orgánica y sentida, si no se advierte un crescendo dramático desde la felicidad inicial de Giselle al encontrar el amor de su vida hasta descubrir que su Albrecht es un farsante que la engaña, aunque finalmente comprenda que ella también es el gran amor de su vida.
Si esta comunión con el alma no aparece, no se puede sostener dramatúrgicamente el resto del argumento: ni Bertha puede mostrar que le asusta la pasión de su hija por la danza, ni Bathilde puede exhibir su aprecio hacia Giselle y su arrogancia al conocerla como rival, ni los campesinos pueden interactuar orgánicamente ante la mezcla de dicha y dolor que resulta el acto primero. Ni qué decir si no está el alma en el segundo, aunque las filas sean impecables y la iniciación concluya con múltiples pirouettes.
En estos tiempos, muchas veces vemos filas impecables, giros perfectos y balances prolongados, pero pocas –muy pocas– veces salimos completamente satisfechos en cuanto a ese sentimiento que oprime el pecho cuando Giselle cae sin vida al final del primer acto o cuando desciende en su tumba ante la congoja del arrepentido Albrecht.
Recuerdo que en una ocasión un amigo me pidió conocer cómo se podía valorar como buena una interpretación de Giselle. Mi consejo fue el siguiente: Si sales del teatro con el corazón palpitante y con cierta angustia, esa función de Giselle ha sido buena; y si días más tarde aún te queda el recuerdo, entonces fue excelente.
Quizás resulte difícil en este ahora lleno de tecnicismos hallar esa alma… pero sin ella NO se puede hacer Giselle.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
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