Influencia de los Ballets Rusos en la música del siglo xx
La empresa de los Ballets Rusos de Diaghilev no se proponía solamente mostrar en Occidente la modernidad de coreógrafos eslavos que, de no haber salido de los dogmas académicos de los Ballets Imperiales y el legado –hermoso, pero vetusto– de Petipá, nunca hubieran removido las bases de la danza escénica en el siglo XX.
La idea de su creador, Serguei Pavlovich Diaghilev, contempló en un principio exhibir todo el potencial artístico de los rusos, con sus historias, músicas, pinturas y, por supuesto, sus bailarines y sus coreógrafos.
La música fue un arte privilegiado dentro de este ambicioso proyecto, comenzando por el descubrimiento de numerosos compositores rusos, entre cuyos nombres imprescindibles está el de Igor Stravinsky.
La entrada de Stravinsky en los Ballets Rusos proporcionó tanto a la danza como a la música una perfecta adecuación a los presupuestos estéticos del nuevo siglo. Toda la modernidad inimaginable aparecía en sus partituras irreverentes junto a obras coreográficas jamás vistas en escena. Las sonoridades de Stravinsky llegaban con aires nuevos a la par de las coreografías de Fokin, Nijinsky, Massine y Balanchine.
Desde que en 1910 compusiera El pájaro de fuego hasta Apollo estrenado en 1928, la contribución stravinskeana al ballet y a la música sinfónica fue tan relevante como perdurable.
Aún en la actualidad, tanto en sus versiones completas como en suites, todos los ballets que Stravinsky compuso para los Ballets Rusos son piezas de referencia para músicos y directores de orquesta: Petroushka, El rito de la primavera, Pulcinella son títulos obligados en las salas de concierto.
Pero no sólo Stravinsky surgió al calor de los Ballets Rusos ni su nombre fue el único que resplandeció en la música moderna y contemporánea del pasado siglo: Rimski-Kórsakov, Cherepnin, Borodin, Glazunov, Chaikovski o Prokofiev fueron también mostrados en su plenitud sinfónica y orquestal a través de obras como Shéhérazade, Pabellón de Armida, Príncipe Igor, El festín, La bella durmiente, El hijo pródigo…También los coreógrafos rusos apelaron a Frederic Chopin (Las sílfides), Robert Schumann (Carnaval), Carl María von Weber (El espectro de la rosa), Claude Debussy (La siesta de un fauno, Juegos), Maurice Ravel (Dafnis y Cloe), Richard Strauss (La leyenda de José, Till Eulespiegel), Francis Poulenc (Les biches), Manuel de Falla (El sombrero de tres picos), Erik Satie (Parade, Mercurio), Henri Sauguet (La gata), Darius Milhaud (El tren azul), para solo citar los que, aún siendo jóvenes desconocidos, iniciaron sus respectivos caminos a la fama a partir de las obras estrenadas por los Ballets Rusos en sus 20 años de existencia.
El ballet Parade que creara Erik Satie para la coreografía homónima de Leonide Massine en 1917, que contó con diseños cubistas de Pablo Picasso, impuso una nueva línea en la composición musical al utilizar sonidos naturales como las sirenas, las turbinas de los aviones y el jazz, empleado por primera vez en el ballet.
El sombrero de tres picos de Falla, también coreografiado por Massine y con diseños de Picasso en 1919, es otra obra trascendente en la literatura musical que vincula las tradiciones hispanas con las modernidades sonoras de los inicios de la vigésima centuria. Y El rito de primavera fue una conmoción sísmica no sólo para la música en su estreno de 1913, sino para la coreografía con la demasiada audaz creación de Nijinsky, quien subvirtió todos los códigos balléticos al uso convencional para adelantarse en más de medio siglo a la danza contemporánea.
Tampoco puede olvidarse que con los Ballets Rusos de Diaghilev, colaboraron directores de orquesta, hoy imprescindibles, como Ernest Ansermet, Sir Thomas Beecham, Igor Markevitch, Roger Desormiere, Max Steinberg, quienes llevaron las partituras del foso de los teatros en París, Berlín, Londres, Monte Carlo, New York y Buenos Aires, a los oídos del público y la crítica de las primeras décadas del siglo XX, contribuyendo a la formación del gusto musical moderno.
Así, a saltos, puede verse de manera muy pálida lo que la música moderna tiene que agradecer a este valiente proyecto de los Ballets Rusos, del cual este 2009 celebramos su centenario.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
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