Vaslaw Niyinsky y Anna Pavlova,
Ballets Rusos de Diaghilev.
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A cien años de un legado inmortal
A inicios del siglo XX, el ballet se encontraba anquilosado dentro de las principales potencias europeas. En Rusia, las grandes producciones de Marius Petipá mantenían las viejas fórmulas de los cuentos de hadas y las historias románticas de los parajes exóticos. Sin embargo, un joven y talentoso bailarín y maestro de la Escuela Imperial comenzaba a preocuparse por transformar esas rutinas y ponerse a tono con el nuevo siglo: Mijaíl Fokin. Claro que las autoridades imperiales desaprobaban sus cambios y el nuevo ballet tuvo que esperar a que un promotor artístico, Serguei Diaghilev, lo convocara a formar uno de sus proyectos de exportar el arte ruso a Europa.
Serguei Diaghilev no fue ni un bailarín, ni músico, ni diseñador, ni siquiera un crítico de danza, pero sus amplios conocimientos sobre el arte y su innato talento para la promoción, le llevaron a crear el proyecto de los Ballets Rusos en Europa occidental, iniciado el 18 de mayo de 1909 en el Teatro Chatelet de París.
Durante veinte años los Ballets Rusos estrenaron los ballets más audaces de los más reconocidos coreógrafos rusos, hasta entonces desconocidos; se cubrieron con los trajes y las escenografías de los más talentosos artistas plásticos de la modernidad europea; bailaron las partituras de los más atrevidos músicos europeos y dieron a conocer los mejores bailarines de su época.
Pero, por sobre todo ello, fomentaron el gusto por el ballet en los convulsos tiempos de la I Guerra Mundial, la primera entreguerra y el inicio de la gran depresión. Recorrieron toda Europa y varios países de América y sembraron la semilla de la modernidad en el arte, desde las vanguardias de Picasso o Satie hasta los más atrevidos usos de materiales como el nylon y la introducción del erotismo y la sexualidad en la danza espectacular.
Valga sólo mencionar algunos títulos estrenados por esta compañía:El pájaro de fuego, Las sílfides, Carnaval, Shéhérazade, El espectro de la rosa, Petroushka, La siesta de un fauno, Dafne y Cloe, El rito de la primavera, Parade, La juguetería fantástica, El sombrero de tres picos, Pulcinella, El tren azul, Apollo o El hijo pródigo.
De igual forma, los artistas que aparecieron en sus espectáculos abarcaron músicos como Igor Stravinsky, Serguei Prokofiev, Claude Debussy, Maurice Ravel, Manuel de Falla, Richard Strauss, Francois Poulenc, George Auric, Darius Milhaud, Gabriel Fauré, Herni Sauguet y Vittorio Rieti entre los más conocidos, muchos de ellos en sus primeras apariciones públicas; al igual que plásticos de la talla de León Bakst, Alexander Benois, Nicholas Roerich, Natalia Gontchárova, Pablo Picasso, George Braque, Juan Gris, Joan Miró, Henri Matisse, Maurice Utrillo, Giorgio di Chirico, Georges Rouault, André Derain, Gabrielle “Cocó” Chanel, Marie Laurencin, Pedro Pruna, Naum Gabo y Antón Pevsner.
Directores de orquesta como Ernest Ansermet, Sir Thomas Beecham, Igor Markevitch, Roger Desormiere, Colin Davis y Maximilian Steinberg acompañaron a los Ballets Rusos en París, Viena, Berlín, Montecarlo, New York, Madrid, Budapest, Praga, Río de Janeiro, entre otras ciudades importantes del mundo.
Estrellas rusas como Anna Pavlova, Tamara Karsávina, Vaslav Nijinsky, Olga Spessiteseva, Vera Trefílova, Lubov Chernícheva, Alexandra Danílova, Felia Dubrovska, Matilda Chesinskaya, Adolf Bolm, Leonide Massine, Mijail Fokin, Georges Balanchine, Serge Lifar, Bronislava Nijinska, algunos de ellos surgidos como coreógrafos dentro de las propias filas de los Ballets Rusos, se agregan a los nombres de otros bailarines europeos que eslavizaron sus nombres, como la polaca Miriam Ramberg devenida Marie Rambert, quien junto a la inglesa Edris Stannus, conocida como Ninette de Valois fundaron el ballet británico, o Alice Marks, Hilda Munnings y Patrick Healy-Kay, conocidos en la historia de la danza como Alicia Márkova, Lydia Sokolova y Antón Dolin.
Luego de veinte años al frente de los Ballets Rusos, 19 de agosto de 1929 Serguei Pavlovich Diaghilev fallecía a los 57 años, en Venecia. Con su muerte, los Ballets Rusos también dejaron de existir: la bancarrota financiera apenas pudo salvarse por los telones, las escenografías y los vestuarios creados por los mejores artistas de las vanguardias; sus bailarines y coreógrafos se dispersaron por Europa y América, donde diasporizaron las novedades que habían concebido.
Cuando hoy vemos algunos de los ballets que en esos años se estrenaron, oímos algunas de sus partituras en las salas de conciertos o vemos sus diseños o telones en algún museo, más allá de cualquier texto del programa de mano, debemos agradecer a estos Ballets Rusos por esos veinte años de inagotable sorpresa, y a su artífice principal, Serguei Diaghilev por esos veinte años de modernidad en la danza mundial.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |