Durante la primera quincena del pasado diciembre concurrí a un congreso en Buenos Aíres, la capital argentina. Antes de partir apenas conocía el tango como la forma más genuina del baile popular porteño y sólo poseía magros conocimientos teóricos y algún taller que tomé. Además, había tenido la posibilidad de ver el espectáculo Tango argentino en el teatro Broadway de Nueva York, una de las experiencias teatrales más refinada y sensual tenidas.
Pero, puedo asegurar que NADA es comparable a ver bailar tango en una milonga popular bonaerense: ver a parejas de todo tipo y edades moviéndose con esa sensualidad hierática en la parte superior del cuerpo, mientras las piernas realizan filigranas incomprensibles, a tiempo y a contratiempo, fabricando silencios y sonidos con el aire, con una pasión interior llevada hasta la emoción y la lágrima, es una experiencia única.
Pocos días después de llegar a Buenos Aires, asistí a la milonga Ideal en la calle Suipacha: era martes y el baile comenzaba sobre las diez de la noche; no había muchas parejas, algunos turistas curiosos y la música era grabada. La concurrencia comenzaba a aparecer y saltaba a la vista una interesante heterogeneidad: matrimonios bien entrados por la práctica de años, parejas más jóvenes y bailadores solitarios en busca de compañía se lanzaban al amplio salón y lo recorrían todo con sus coreografías aleatorias, sus pasos intrincados y su contención sentimental que –a pesar de no mostrar un sólo músculo alterado en el rostro– afloraba en el baile.
El “espectáculo” era bien sencillo: un cantor pasional, mayor, pero con una voz privilegiada llamado Rubén Guerra, entonaba los clásicos de Gardel, Lepera, Troilo y los más conocidos compositores; en tanto, un piano y un bandoneón hacían realidad la música. Las señoras lucían zapatos de altísimos tacones, faldas ceñidas al cuerpo y no pocas escotadas hasta bien entrado el muslo; mientras los señores mayormente vestidos de negro, algunos con trajes, otros con camisas de mangas largas, vaciaban los asientos que lo rodeaban. ¡No paraban de moverse, de pasearse por todo el espacio… y los rostros pegados mejilla-con-mejilla, en silencio!
Días más tarde vino la inauguración del III Encuentro Internacional de Tango Alternativo en la milonga Tango Queer en la calle Perú de San Telmo. La presencia era mucho más joven y heterogénea. El sexo físico no importaba para escoger pareja, ni la procedencia pues, al ser un encuentro internacional, podían verse asiáticos, árabes, europeos, norteamericanos. Sobre todo resaltaban una maestra coreana y un bailador filipino, verdaderos estilistas del tango, que en días posteriores impartieron talleres juntos con otros tanguistas de todas partes del orbe.
La música también era grabada hasta las once de la noche, cuando irrumpieron los anfitriones y se presentó un reducido conjunto con piano, bajo y batería, más una cantante pop interpretando el nuevo tango alternativo… y los bailadores improvisaron más y más pasillos enredados y de muy difícil comprensión para este crítico que no salía de su asombro al ver cómo esa juventud mantenía su ritmo típico fresco y vigente.
Tanto en una como en otra milonga, muchos ritmos latinoamericanos y caribeños le servían a los bailadores para hacer el tango… menos un pequeño puente en que se oyeron algunos compases de salsa, momento que aproveché para mostrar mis exiguas dotes de casinero… mas, de inmediato volvió a sonar el tango… y volví a mi asiento de observador. El tango es definitivamente muy distinto del casino –me dije–, muy difícil de aprender en dos semanas, muy emocionante, elegante, humilde y aristocrático a la vez. Entonces opté por no asistir a ningún espectáculo de tango para turistas, que proliferan en las boites y quedarme con el recuerdo del tango popular, una verdadera experiencia inolvidable.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |