La modestia y la persistencia son cualidades raras en estos tiempos, por tanto más cotizadas.
Encontrar un artista persistente es muy frecuente, pero modestos hay muy pocos. Uno de los que reúne ambas condiciones es el regisseur de Danza Contemporánea de Cuba, bailarín, cantante, coreógrafo, maestro de generaciones y fiel guardián del legado de los que, hace justamente cincuenta años, crearon la danza moderna cubana. Me refiero a Isidro Rolando, sobre quien recayó este año 2009 el Premio Nacional de Danza que otorga el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC.
Su nombre puede no ser demasiado conocido entre el público, pero en el medio cultural no es necesario reafirmar su apellido materno, Tondike, para saber de quién se trata. A veces basta con decir Isidro y ya se sabe que sólo existe él. Quienes le vimos bailar en Improntu galante, Sulkary o Panorama recordamos su entrega expresiva, su danza lograda por el puro trabajo; a los que conocemos obras como Omaweo El rapto de las mulatas, sentimos la línea coreográfica de la modernidad, la estela de su maestro Ramiro Guerra, la sinuosidad del movimiento de sus compañeros Eduardo Rivero y de Gerardo Lastra y la sensualidad de Luz María Collazo y Rubén Rodríguez.
Cuando se fundó el Conjunto Nacional de Danza Moderna en 1959, Isidro se presentó a la audición inicial, pero Ramiro no le vio la imagen que buscaba. Muchos de los que fueron rechazados en esa audición abandonaron el intento, pero él –persistente– fue a trabajar su técnica y bailó en Cimarrón de Alberto Alonso en 1960; luego se fue a la Televisión y actuó en programas como Música y Estrellas de Manolo Rifat; y hasta llegó a ser Estrella Naciente en el “Programa de José Antonio Alonso”… ¡como cantante!, en el cual conoció a Isolina Carrillo, quien fue su arreglista.
En 1961 su persistencia lo retornó al empeño inicial de integrar el Conjunto y ahora el maestro Guerra vio, junto con sus avances técnicos, lo que quizás no valoró antes suficientemente: el amor eterno de Isidro hacia la danza.
Su trabajo como bailarín no limitó su desempeño creativo: en 1979 realiza Ireme con el cual se estrena como coreógrafo y en este oficio se expandió también a otros medios, como el Conjunto Nacional de Espectáculos o la producción El Benny del ICAIC, por solo citar algunos. Por cierto, nuestro Instituto del Cine ha registrado actuaciones de Isidro en Sulkary y Panorama.
Su voz romántica y expresiva fue asimismo utilizada como sus saltos y sus giros: cantó La era de Silvio Rodríguez acompañado por batás; varias de las canciones de Panorama –sobre todo su antológica Macorina– fueron cantadas por él, y coreógrafos como Samir Akika y Jan Linkens se apoyaron en su canto para las piezas Nayara y Compás.
La multiplicidad abarcadora de Isidro lo ha llevado igualmente al magisterio: la Escuela Nacional de Danza lo cuenta como maestro y ha formado generaciones de bailarines que hoy nutren compañías nacionales y del mundo. Y, aunque nunca se ha retirado oficialmente como bailarín, ahora como regisseur en su compañía de siempre, Danza Contemporánea de Cuba, organiza el trabajo, supervisa los montajes de las más atrevidas vanguardias y preserva el repertorio histórico.
Con modestia y persistencia, Isidro Rolando le ha entregado al arte cincuenta años de su vida, casi todos a la danza cubana. Esa vida plena de satisfacciones… y ansiedades, el prestigio y el respeto que se ha ganado le hacen digno del Premio Nacional de Danza.
Lugares comunes como Enhorabuena o Muchas felicidades no caben para este artista integral e íntegro. Sea mejor recibir un fortísimo aplauso en este 29 de abril, Día Internacional de la Danza, cuando en la escena del Teatro Mella, lugar de sus grandes éxitos, reciba el Premio Nacional de Danza 2009.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
29042009/ elz
Foto http://www.entretelones.cubaescena.cult.cu |