Mario Benedetti |
Una de las antologías más leídas y releídas de cuantas se han editado en Cuba es la poesía de Mario Benedetti, como entre sus numerosos versos, conmovidos y muchas veces rabiosos, como él mismo solía decir, están estas estrofas de Un padre nuestro latinoamericano:
Padre nuestro que estás en los cielos
con las golondrinas y los misiles
quiero que vuelvas antes de que olvides
como se llega al sur de Río Grande
Padre nuestro que estás en el exilio
casi nunca te acuerdas de los míos
de todos modos dondequiera que estés
santificado sea tu nombre
no quienes santifican en tu nombre
cerrando un ojo para no ver la uñas
sucias de la miseria…
Y es que el novelista, cuentista, periodista, ensayista, crítico y, sobre todo, poeta uruguayo que acaba de morir, o mejor, de dejar su cabalgadura a la manera de un Quijote, Mario Benedetti es uno de los más grandes escritores que ha tenido nuestra América en toda su historia literaria, y de ellos dan fe los más de ochenta títulos de su profusa bibliografía personal, que han sido traducido a más de veinte lenguas modernas.
Es el maestro de más de una generación, no sólo de los uruguayos que tuvieron el privilegio de ser su patria natal, sino de la anchurosa extensión de América Latina y el Caribe, que él también cantó y entre los que habitó, escribió y amó durante varios años, especialmente los de aquel exilio que, más tarde, lo llevaron a España por toda una década.
Sencillo, en extremo humilde, ajeno a la soberbia y a la vanidad del oficio, era el amigo que se tiende, con la mano abierta, siempre en la disposición de prestar ayuda, y más si de un joven se trataba, al que él se ofrecía siempre en pos de estimular al creador y no de deprimirlo, muy distante del pueril y falaz paternalismo, así lo conocimos cuando trabajó en la Casa de las Américas durante casi un lustro. 
Cuba fue otro hogar, y La Habana como Montevideo, dos ciudades amorosas en su biografía y en su escritura. Aquí, y junto a Haydée Santamaría, con Alejo Carpentier, con Manuel Galich, entre otros, se dio al trabajo dentro del universo intelectual.
Fue varias veces jurado del Premio Literario, y fundó el Centro de Investigaciones Literarias, de esa institución, desde el cual promovía, estudiaba, vencía la balcanización de pueblos y culturas, con el mismo espíritu que el prócer José Gervasio Artigas, el gran oriental.
Sus piezas teatrales subieron a los escenarios cubanos y asimismo, ganaron mayor audiencia al traducirse a la televisión, como en otras naciones sus novelas se difundieron en la versión de las telenovelas, como sucedió con su antológica Gracias por el fuego…
Era el maestro del idioma, el profesor universitario, el periodista incisivo que trataba la cultura y la política, hacia críticas de cine y reflexiones teóricas de corte ensayístico…el poeta que alcanzaba mayor auditorio gracias a versiones de sus versos realizadas por cantautores como Joan Manuel Serrat y Daniel Viglietti.
Y, sobre todo, fue y siempre lo será, el amigo solidario, el que asumió a Cuba y su Revolución, el que la cantó en su escritura y recibió, igualmente, entre los muchos reconocimientos y premios que mereció durante sus 88 años, los de la Isla: la Orden Félix Varela de Primer Grado, la Medalla Haydée Santamaría y la categoría académica de Doctor Honoris Causa, en Ciencias Filológicas que le entregó la Universidad de La Habana.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí.
19052009/ elz |